Los cristianos, ¿deben dar el diezmo?

Samuel Rindlisbacher

La ley prescribía que Israel debía dar al Señor el diezmo “de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles” (Lv. 27:30) y de las “vacas y ovejas” (v. 32; cp. 2 Cr. 31:6), y que estos le serían sagrados al Señor. Números 18:30, donde habla del diezmo de los cereales y de las frutas (Lv. 27:30), dice que también se debía diezmar el “producto de la era” y el “producto del lagar”. De acuerdo a esto, se diezmaba el cereal trillado, el mosto prensado (vino) y el aceite exprimido (cp. Dt. 12:17). El diezmo del ganado era determinado así: los animales del rebaño pasaban de a uno debajo del cayado, separando cada décimo animal, en lo cual (contrario al animal para el sacrificio, Lv. 22:19ss) no importaba si el animal era sin tacha o no (Lv. 27:32). El intercambio de estos animales estaba prohibido. Donde esto igual sucedía, ambos, el animal originalmente determinado y el que había tomado su lugar eran del Señor (v. 33).

Después de la toma de Canaán, los levitas recibían solamente ciudades con tierras de pastoreo para su ganado, como residencias para sí mismos (Nm. 35:2-5; Jos. 21:2ss), pero no propiedades rurales. Como recompensa, les pertenecían todos los diezmos de Israel (Nm. 18:21,24), de los cuales ellos a su vez debían dar la décima parte a los sacerdotes como ofrenda mecida (vs. 26-30; cp. v. 8). En este contexto solamente se mencionan expresamente los diezmos de cereales y frutos (vs. 27,30). En Deuteronomio, inmediatamente antes de la conquista de la tierra, se da una serie de reglamentos complementarios sobre el diezmo.

Así como todos los “holocaustos… sacrificios… votos… ofrendas voluntarias, y las primicias”, también los diezmos debían ser llevados siempre al santuario central (Dt. 12:5-11; 14:22ss). Solamente si el domicilio quedaba demasiado lejano, podían ser vendidos. El ingreso servía para, luego, en el lugar del santuario, volver a comprar los comestibles correspondientes (vs. 24-26). Porque a la entrega del diezmo se conectaba una comida de gozo y sacrificio, en el cual también participaban los levitas (Dt. 12:17ss; 14:26ss).

Cada tres años, los israelitas no debían llevar el diezmo al santuario, sino que en su lugar de residencia debían ponerlo a disposición de los levitas y pobres (extranjeros, huérfanos y viudas, Dt. 14:28ss; 26:12). Cada padre de familia israelí debía probar la realización de este mandamiento ante el Señor (Dt. 26:13-15). Siempre dos de estos años de diezmos (v.12) caían en el periodo entre dos años sabáticos (Lv 25:1-7), en los cuales no se cosechaba, o sea que tampoco se daban diezmos.

En el Antiguo Testamento vemos, entonces, que la propiedad “del producto de la tierra y de los frutos de los árboles”, y de las “vacas y ovejas”, del pueblo de Israel, estaba cada una grabada con el diez por ciento. Estos diezmos eran entregados a los levitas para su sustento, ya que ellos mismos no tenían propiedades o tierras. Los levitas, a su vez, estaban comprometidos a dar la décima parte de estas dádivas a los sacerdotes. De este modo, en tiempos del Antiguo Testamento, todo estaba claramente reglamentado. Incluso los primogénitos de las personas debían ser redimidos (Éx. 13:1-16). A esto se agregaban las donaciones voluntarias para la construcción del tabernáculo o del templo.

Por la realización exacta de estos reglamentos antiguotestamentarios, Dios promete Su expresa bendición a Su pueblo: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Mal. 3:10).

En el Nuevo Testamento, leemos que Jesucristo dijo de sí mismo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mt. 8:20). El apóstol Pablo confirma esto, al escribir: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Co. 8:9). En Mateo 16:24-26, Jesús explica a Sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”.

Con esto, Cristo hace una clara diferencia entre el Nuevo y el Antiguo Testamento. Si en el Antiguo Testamento la bendición se expresaba principalmente a través de la prosperidad y de las cosas externas, la riqueza en el Nuevo Testamento se encuentra en un nivel diferente: en la relación y amistad personal con el Creador de todas las cosas, en el ser hijos, en la relación padre-hijo con el Dios viviente. A nadie se le dijo en tiempos del Antiguo Testamento: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20). Nadie podía decir: “¡Abba, Padre!” (Ro. 8:15). Nadie tenía la confirmación directa de una patria eterna en el cielo, de la cual Jesús dice: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:2-3). Y nadie sabía de una nueva creación en Jesucristo, como leemos en 2 Corintios 5:17-18: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo”.

En el nuevo pacto, Jesús nos da la seguridad de Su constante presencia, provisión y pensamientos de amor. Dios mismo nos llama Sus hijos. Él nos quita la carga de la culpa, nos obsequia el perdón y nos da Su paz. Día a día, se preocupa directamente por nosotros, en lo personal. Sí, Él nos dice: “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt. 6:25-33).

En todo el Nuevo Testamento, no encontramos la idea del diezmo, sino algo muy diferente: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co. 6:19-20). Con esto, el Nuevo Testamento nos dice que Dios no quiere la décima parte de nuestro dinero, de nuestro tiempo o de nuestras capacidades, sino todo, nuestra vida entera.

El Nuevo Testamento nos muestra que Cristo hizo todo lo necesario para salvarnos. Él pagó con Su propia vida. Él dejó atrás las riquezas del Padre. Él renunció a la comodidad del cielo. Él se retiró de Su dominio “y tomó forma de siervo” (Fil. 2:7). Por eso, la pregunta de los creyentes del Nuevo Testamento no es: ¿cuánto debo dar? Sino: ¿cuánto vale para mí Jesús? Esa es la pregunta de Dios a nuestro corazón. Porque todo lo que me cautiva, y de lo que estoy convencido que tengo que tenerlo–lo que es mi tesoro–eso, en definitiva, me dominará. Y por eso, se nos plantea la pregunta: ¿realmente me domina Jesucristo? ¿Estoy consciente de que Él hizo todo para ganarme? Por esta razón, también ¡todo lo que soy y tengo debería ser Su propiedad!

Ahora, lo que tiene que ver con el diezmo en el Nuevo Testamento, lo decisivo ya no es el porcentaje, sino la disposición, posibilidad y amor de nuestros corazones hacia el Señor Jesucristo. Tal como Pablo hace el llamado a la iglesia en Corinto: “En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas. Y cuando haya llegado, a quienes hubiereis designado por carta, a estos enviaré para que lleven vuestro donativo a Jerusalén” (1 Co. 16:1-3). Aquí se enfatiza expresamente la voluntariedad: “…según haya prosperado.”

Al mismo tiempo, sin embargo, la Biblia también narra lo que Jesús dijo de la pecadora conocida en toda la ciudad: “Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lc. 7:47). ¡Cuánto más conscientes estemos de lo grande que es el amor de Dios, tanto más lo amaremos y por consecuencia uno pondrá todo por las cosas de Dios, incluyendo nuestro dinero! ¿Somos conscientes de nuestra abismal perdición y pecaminosidad, y de todo lo que Le ha costado a Él redimirnos? Ese era el caso de los cristianos en Macedonia: “Que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas” (2 Co. 8:2-3). Este principio también lo podemos reconocer en Romanos 14:7-8: “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos”.

Nuestra vida entera Le pertenece al Señor Jesucristo. Por eso, podemos poner todo a Su disposición. Eso significa: quien tiene más, también puede dar más. Quien tiene menos, da tanto menos. En relación, entonces, ambos dan lo mismo. Debe ser una dádiva voluntaria del corazón, algo que se pone a disposición del Señor, algo que Le agrada y Lo honra. Es un agradecimiento por lo que Él ha hecho por nosotros.

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