Lo más peligroso en esta época de pandemia

Norbert Lieth

Hace poco un amigo me preguntó qué era lo más peligroso en esta época de pandemia, cuando de repente, él mismo se respondió: “Que los cristianos se peguen entre ellos”. Sí, en muchos casos los creyentes no han soportado la prueba y han perdido la ocasión de testificar de Cristo en sus vidas. Los vacunados regañan a los no vacunados, y viceversa. Algunos incluso son acusados de aliarse con el Anticristo. Si alguien escribe un artículo y expresa su opinión, no tarda en llegar otro artículo criticándolo con severidad. En lugar de dejar que la otra persona exprese su perspectiva con libertad, se apresuran a saltar encima de ella–se publican nombres y se hacen conjeturas. Se afilan las espadas, mientras se pierde un tiempo valioso en la guerra contra el coronavirus. Los cristianos que antes edificaban a otros con sus publicaciones, sus prédicas, su evangelismo o enseñanza, contribuyendo así para el crecimiento de la Iglesia, parecen haberse cambiado el calzado del Evangelio de la paz (Efesios 6:15) por botas de combate. A menudo surgen los chismes y los comentarios negativos a espaldas de otros, llegando, en algunos casos, a provocar divisiones en las iglesias.

Seamos claros, no todo es malo. Al fin y al cabo, uno puede expresar sus críticas y dar alguna advertencia; sin embargo, debe tratarse de información importante y necesaria, transmitida con amor fraternal y respeto.

Por lo tanto, no solo me preocupa lo que está ocurriendo en la pandemia: el chismerío, o cualquier otra conducta carnal que siempre fueron, y serán, un problema. Todas las congregaciones cristianas, sus células y sus asociaciones sufren de la misma enfermedad–debemos cambiar.

Una y otra vez los apóstoles nos llaman a guardar la unidad en muchos pasajes de la Biblia, advirtiéndonos contra el espíritu de lucha y división, y exhortándonos a practicar un amor activo. ¿Por qué? Porque conocen el gran peligro de no hacerlo: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Fil. 4:8).

Existe un dicho que dice: “El hombre solo escucha la mitad, entiende un cuarto y chismorrea el doble”. Salmos 31:20 lo dice de manera muy gráfica: “En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; los pondrás en un Tabernáculo a cubierto de lenguas contenciosas”.

Una de las armas más poderosas y exitosas de la bestia anticristiana que sale del mar es su boca (Apocalipsis 15:5-6). En todas las épocas ha bastado una buena propaganda para lograr cualquier objetivo. ¿Acaso no son anticristianos los discursos negativos y destructivos contra otros hermanos?

Santiago advirtió acerca de la lengua, un miembro pequeño, pero que es capaz de causar terribles males. Si alguien no domina su lengua, “la religión de tal es vana”. La lengua es “un mundo de maldad” y “contamina todo el cuerpo” (Santiago 1:26; 3:6).

David sufrió mucho las malas lenguas que procuraban atacarlo y difamarlo. Escribió lo siguiente acerca de ellos: “Agravios maquina tu lengua; como navaja afilada hace engaño. Amaste el mal más que el bien, la mentira más que la verdad. Has amado toda suerte de palabras perniciosas, engañosa lengua” (Salmo 52:2-4).

Nuestra lengua puede ser gobernada por el infierno o por el Cielo–¿cómo elegiremos utilizarla este nuevo año?

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