Llamada de Medianoche no es de Malgo

René Malgo

La Reforma sigue siendo un tema candente, aun 500 años después de que en octubre de 1517 Lutero publicara sus tesis, clavándolas en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg. A nuestras oficinas llegan cartas que, dependiendo del trasfondo teológico del lector, nos acusan de tener una actitud demasiado positiva o al contrario muy negativa frente a Martín Lutero. Lo mismo pasa en reacción a las publicaciones sobre Juan Calvino, Ulrico Zuinglio o los anabaptistas. El problema que tenían los corintios en la época de Pablo sigue siendo actual en la Iglesia de Jesús: uno es partidario de Calvino, otro de Lutero, mientras que desde otro rincón se escucha: “¡cualquiera menos este!”. Sin embargo, Pablo exhortó a los creyentes hace ya casi 2,000 años, diciéndoles:

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Co. 1:10-13).

Llamada de Medianoche no es de Malgo ni de Lieth ni de Lutero ni de Calvino, sino que es un pequeño engranaje en la Iglesia universal de Cristo. Él es la Cabeza. Él fue crucificado por nosotros. Nosotros le servimos y le debemos rendir cuentas a Él. Por eso nos sentimos libres de abordar, a nuestro leal saber y entender, tanto lo positivo sobre Martín Lutero y la Reforma, lo que es de buen testimonio, como también los hechos que dejan un sabor amargo.

Examinando las expectativas que Martín Lutero tenía en cuanto al tiempo final; hasta hoy estas nos pueden servir de ejemplo. Pero en relación con este tema también tendremos que ocuparnos de la pregunta probablemente más difícil con respecto a Lutero: ¿por qué se expresó de una manera tan atroz sobre los judíos?

Algunos admiradores de Lutero ponen en duda que el reformador alemán se haya expresado con palabras antisemitas. Dicen que los escritos contra los judíos son falsificaciones. Es cierto que incluso durante su vida hubo quienes atribuyeron al famoso Lutero ciertas afirmaciones que él no había hecho, y hasta hoy se le adjudican algunas declaraciones sin poder probar que realmente las haya dicho de esa manera.

Sin embargo, en cuanto a los escritos antisemitas de Lutero, un docente de historia eclesiástica me explicó lo siguiente: “aunque el libro más agresivo de Lutero (Sobre los Judíos y sus Mentiras) fuera una falsificación, igual quedarían aún muchas expresiones antisemitas en otros escritos y sermones del reformador”. Simplemente no se puede negar el antisemitismo religioso que manifestó Lutero al final de su vida.

El odio hacia los judíos sigue siendo un claro pecado del reformador alemán; no podemos decir con seguridad contundente por qué llegó a tomar esta actitud pecaminosa, pero en el tema central de esta edición intentaremos encontrar una posible respuesta.

Los pecados de Lutero (de los cuales se discute hasta hoy) deberían hacernos pensar. Si la Biblia dice que el corazón humano es mentiroso, y si Pablo se queja de que él mismo hace lo que odia y que no habita el bien en su carne (Romanos 7:5-17), es literalmente lo que la Palabra de Dios nos quiere hacer entender. Entonces no deberíamos sorprendernos cuando otros creyentes nos desilusionan o cuando descubrimos que aún los grandes hombres de Dios tienen pecado, pues al final todos nosotros seremos salvos solamente por gracia, no de nosotros mismos: “Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8).

Por eso no debemos seguir a hombres; no seamos “luteranos” ni “calvinistas” ni tampoco discípulos de Wim Malgo, fundador de esta Obra, sino “solamente” –pero con todo nuestro ser– cristianos. Sigamos y aferrémonos a Cristo mismo hasta que Él, nuestra Cabeza, aparezca para tomar de esta Tierra a todos los que pertenecen a Su Cuerpo y llevarlos a estar con Él para siempre. “Amén; sí, ven, Señor Jesús”.

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