La rápida propagación del coronavirus

Fredi Winkler

La rápida propagación del coronavirus nos muestra con claridad que el mundo se ha convertido, como suele decirse, en una «aldea global». Son pocas las regiones que no han sido afectadas de manera directa por la pandemia, aunque no han escapado de las consecuencias económicas producidas por el confinamiento global.

Las imágenes de los aeropuertos internacionales, llenos de aviones estacionados, parecen surrealistas. Donde antes centenares de aviones arribaban y partían a diario, ahora, y durante los últimos meses, se han realizado unos pocos vuelos. Es cierto que el virus se ha diseminado a través de los pasajeros en innumerables vuelos por todo el planeta. El tránsito aéreo internacional es, en realidad, el factor que ha hecho del mundo una «aldea global».

Podemos recordar muy bien el cambio que hubo en el tránsito aéreo internacional a causa del terrorismo. Desde aquel entonces, los controles y medidas de seguridad son moneda corriente en los vuelos. ¿Transformará también esta crisis sanitaria la manera de volar? ¿Tendremos que comprobar en el futuro que estamos sanos y no sufrimos de ninguna enfermedad contagiosa para que nos permitan viajar? Aquí en Israel quisieron aplicar este tipo de control en los escolares, pero resultó inviable.

Sin duda alguna, internet, con todas sus ventajas, globalizó aún más al mundo, superando a la televisión. Durante esta pandemia, muchos centros educativos de todo el planeta impartieron una gran cantidad de su enseñanza educativa a través de distintas plataformas digitales.

Cuando leemos en Apocalipsis 1:7: “he aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron”, nos preguntamos, ¿cómo es posible que todo ojo lo vea? ¿Hará referencia a los medios modernos de comunicación, capaces de trasmitir las novedades de manera global y en tiempo récord? Esta una suposición lógica, ya que Dios puede utilizar el desarrollo tecnológico humano. El Padre envió a Su Hijo a esta Tierra cuando el mundo vivía cierta globalización. En aquel entonces, utilizaban con este sentido el término ecúmene, refiriéndose a toda la tierra habitada, es decir, a todo el mundo conocido hasta ese entonces. Podemos encontrar esta expresión en diferentes pasajes del Nuevo Testamento.

El mundo grecorromano había creado las condiciones para una rápida expansión del evangelio. Por un lado, los romanos habían construido una impresionante red vial. Por otro lado, el idioma griego se hablaba en muchas de las grandes regiones del Imperio, o por lo menos era entendido por la mayoría de los pueblos. Sin duda, Dios utilizó el desarrollo de la humanidad para llevar a cabo su plan.

Sin embargo, resulta obvio que Dios no solo utiliza el desarrollo de las herramientas humanas para llegar a Su meta, sino que todo medio y toda forma está a Su disposición para cumplir con Su voluntad –hasta un pequeño virus–.

El retorno de Jesucristo se diferencia de Su primera venida en que no solo vendrá para Israel, sino que tendrá consecuencias mundiales, siendo visto y entendido por todo el planeta. Será un acontecimiento que abarcará y estremecerá a toda la humanidad, tal como lo describió nuestro Señor Jesús: “[…] el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas” (Mt. 24:29).

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