La libertad cristiana en la perspectiva de Lutero

Martin P. Grünholz

Quien mira la incontable literatura escrita con motivo del aniversario de la Reforma, al igual que los eventos realizados, se puede encontrar a Lutero con todo tipo de fachada: como luchador por la libertad, como reformador social, como rebelde y miembro de la resistencia, o como esclarecedor y preparador del camino para la Edad Moderna. Como sucede muy a menudo en este tipo de celebraciones, la persona histórica tiende a servir a los ideales de los autores correspondientes y de las corrientes del momento, y no se toma en cuenta el verdadero perfil ni los deseos propios de la persona a ser conmemorada.

Muy citado es el dicho de Lutero “¡Aquí estoy, no lo puedo evitar!”. Esta frase sirve como comprobante de la perseverancia del reformador, de su empeño a favor de la libertad, como mostró aún delante del Emperador Carlos V en el parlamento en Worms, no ­dejándose impresionar por las autoridades, sino manteniéndose firme contra ellas. A Lutero se le describe indebidamente como librepensador ilustrado, seguro de sí mismo, quien interviene sin sometimiento ni temor contra los poderosos del mundo. Sin embargo, y aunque muchas veces se pasa por alto, es muy probable que Lutero ni siquiera haya dicho la frase “¡Aquí estoy, no lo puedo evitar!”. Lo mismo ocurre con otra frase que se le adjudica: “Si yo supiera que mañana se termina el mundo, hoy todavía plantaría un manzano”.

500 años después de que Lutero clavara sus tesis en la iglesia de Wittenberg, Alemania, se celebra lo que queda del reformador en su imagen actual, que corresponde al deseo del siglo XXI. De manera especialmente desacertada lo hizo una producción documental de ARD (medio de comunicación alemán), que apareció en televisión el 11 de abril 2017: “La matriz de Lutero”. Aquí se intentó conectar la historia de la Reforma con la actualidad, convirtiendo a Martín Lutero en un “delator”, un revelador o desvelador de secretos, similar a Eduard Snowden o Brandon Bryant. La ARD se atrevió a cerrar la caricatura de Lutero con la frase “mi Dios misericordioso se llama libertad, y mi cristianismo es la democracia. Mi evangelio la Constitución”.

Lutero no era de modo alguno un luchador por la libertad que hubiera combatido por la independencia política y religiosa, como se lo muestra hoy en día. El ideal de la libertad (o mejor dicho, la ilusión de libertad) de las sociedades occidentales modernas no era compartido por Lutero. Él comenzó uno de sus escritos más famosos titulado De la libertad de una persona cristiana (año 1520) con la declaración: “Una persona cristiana es un señor libre sobre todas las cosas y no está sometido a nadie”. Esta frase es muy citada y utilizada como comprobante de su lucha por la libertad. Pero a su vez, en la siguiente frase, y como conexión directa y a ser comprendida en este doble sentido, Lutero añadió: “Una persona cristiana es un siervo sumiso de todas las cosas y sometido a toda persona”. La pregunta que debemos plantearnos ahora es: ¿en qué consiste la libertad cristiana? ¿Dónde sucumbimos a una ilusión de libertad? ¿De qué liberarnos y dónde reconocer conscientemente nuestra dependencia y sometimiento?

Regresemos al discurso de Lutero ante el parlamento en Worms. En su impresionante discurso de clausura, el Reformador establece la libertad cristiana de la siguiente manera: “Ni al Papa ni a los concilios solos les creo, ya que es seguro que ellos se han equivocado y contradicho a sí mismos con frecuencia. Soy vencido por los pasajes citados de las Sagradas Escrituras, y mi conciencia está cautiva en la Palabra de Dios. Por eso no puedo ni quiero desmentir nada, porque hacer algo contra la conciencia no es ni seguro, ni sano”. Karl Heim, profesor luterano de teología en Tubinga (Alemania), dijo al respecto en una conferencia en 1924, que en esta respuesta “están expresados todos los elementos básicos del protestantismo: la claridad del Espíritu, la Palabra y la conciencia”.

La intención de Lutero no era imponer su conocimiento ante las autoridades gubernamentales y eclesiásticas de su tiempo; quien estudia el discurso a fondo, podrá notar esto claramente. Tampoco lo motivaba un individualismo exagerado que no se deja instruir y desea ser independiente. En su respuesta detallada en Worms, Lutero tomó el ejemplo del juicio de Cristo ante el Sanedrín, y exigió pruebas de las Escrituras que lo refutaran. “Lutero se declaró dispuesto a corregir inmediatamente todo error, después de que se le instruyera, y a ser el primero en quemar sus libros”, escribe Martín Brecht, el biógrafo de Lutero. En eso consistía para el reformador la libertad cristiana y al mismo tiempo la dependencia cristiana: es decir, libre de toda autoridad humana, sea el Papa, la docencia eclesiástica, las normas estatales, o desde el punto de vista actual, obispos, sínodos, pastores o ancianos. Porque a Lutero le constaba que las personas siempre pueden errar y dejarse seducir por el pecado y las tentaciones: ¡libertad de las autoridades terrenales, pero tanta más dependencia y sometimiento a la autoridad divina! Por esta razón, Lutero luchó tan decididamente por la prueba de las Escrituras; nuestra conciencia está atada solo a lo que la Palabra de Dios mismo nos enseña clara y comprensiblemente.

Fue así que Lutero enseñó la libertad y luchó por ella, es decir la libertad de conciencia que solo tiene que responder ante Dios mismo. Así también lo entendía Pablo en 1 Corintios 11:28, señalando que el ser humano debería examinarse a sí mismo a la vista de Dios, antes de acercarse a la mesa del Señor. No un sometimiento bajo autoridad humana, sino la total dependencia y sujeción a Dios y Su Palabra.

Sin embargo, esto exige aplicación personal de los creyentes de todos los tiempos ya que es mucho más sencillo atenerse a las ordenanzas y costumbres de la iglesia local, como “simple miembro”. Pero Lutero tradujo la Biblia a la lengua alemana para que todos los cristianos tuvieran acceso a la Palabra de Dios, y así poder tomar responsabilidad ellos mismos, y examinar su propia vida y la doctrina de la iglesia local basados en la Palabra de Dios. Él luchó por cristianos maduros que no se someten ciegamente sino que viven un cristianismo responsable en dependencia de la Palabra de Dios. Por eso, Lutero estaba convencido de que era una doctrina de Satanás, que para comprender las Sagradas Escrituras se necesitaran interpretaciones y comentarios de personas o instituciones. Él sostenía que: “Eso significa que ellas (las Escrituras) a través de sí mismas son totalmente seguras, de fácil acceso, totalmente comprensibles, se interpretan a través de ellas mismas, examinando, juzgando y aclarando todas las cosas”.

Aprender de Lutero significa en este sentido no integrarse ciegamente en los contextos locales, ni tampoco someterse a las doctrinas de iglesias, congregaciones y autoridades estatales (por más aceptables y respetables que sean), sino vivir un cristianismo responsable y maduro. Esta responsabilidad de la conciencia propia delante de Dios no la podemos delegar, ya que es la esencia de seguir a Cristo. Es una conciencia que investiga en las Escrituras, las estudia y trata diariamente con ellas, y que habla de lo leído con Dios en oración, luchando por respuestas y guía de Dios para su vida. Esta conciencia a su vez está formada por la libertad cristiana y las demandas cristianas naturales en la vida de un creyente. En lugar de “¡Aquí estoy, no lo puedo evitar!”, sería mucho más representativo de Lutero “Mi conciencia está cautiva en la Palabra de Dios”. Esa debería ser nuestra norma y la enseñanza a retener del reformador: “soltarnos” de los humanos en la manera correcta, atándonos a las Sagradas Escrituras.

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