La herencia de los anabaptistas

Hans Zemp

Muchos suizos conocen la reforma de Zúrich bajo Ulrico Zuinglio, fundador de la Iglesia Reformada suiza. Pero ¿cuántos saben que al mismo tiempo hubo otro movimiento espiritual en la ciudad de Zúrich, y que, por lo menos al principio, Zuinglio lo veía con ojos favorables?

Estamos hablando de los así llamados “anabaptistas”, lo que significa: “los que bautizan de nuevo” (el prefijo ana significa: de nuevo). Decimos “así llamados”, porque este nombre, no se lo habían dado ellos mismos. Les pasó lo mismo que a los primeros “cristianos”. Estos tampoco habían elegido su nombre, sino que otros comenzaron a llamarlos cristianos (Hechos 11:26).

Como los reformadores, los anabaptistas querían simplemente renovar la Iglesia tradicional. “Reformador” significa “renovador”, no fundador de iglesia. Pero como sabemos, las cosas resultaron siendo distintas, y no conforme a los planes de los anabaptistas.

En su intento de hacer volver al Evangelio a la Iglesia católica, uno de los puntos de controversia era el bautismo.

Antes de que el cristianismo se constituyera en la Iglesia estatal romana, los creyentes no bautizaban a los niños. La Biblia muestra que el bautismo es la expresión de una decisión consciente de seguir a Jesús– y ningún bebé puede tomar esta decisión. También los reformadores estudiaron el problema. Hay voces que dicen que el mismo Lutero estuvo cerca de aceptar el bautismo de fe. Pero finalmente optó por el bautismo de niños, como también Zuinglio.

Así existieron pronto diferentes opiniones al respecto. Los reformadores y los católicos comenzaron a llamar “anabaptistas” a los otros, porque bautizaban por segunda vez a las personas (bautizadas de niños) cuando eran adultas. Los mismos anabaptistas, sin embargo, se entendían como “bautistas”, porque no consideraban bautismo el bautismo de niños. Esta era una diferencia esencial con la mayoría de los reformadores, pero de ninguna manera la única.

En sus reformas en diferentes áreas, los anabaptistas querían ir más lejos que Zuinglio, Lutero y la mayoría de los otros reformadores. Querían vivir como lo hizo Jesús con Sus discípulos y las mujeres que le seguían, y como los primeros cristianos en Jerusalén.

Otro punto que propagaban los anabaptistas, era el de llevar una vida comunitaria con comunidad de bienes. Es decir, en lugar de propiedad privada, tenían todo en común. Para la Iglesia Católica Romana de aquel entonces, esta idea era muy desafiante. Poseía muchos bienes materiales y extensas tierras. Era rica, y como el joven rico en la Biblia, no quería separarse de sus riquezas. Los reformadores no tenían las mismas exigencias, pero tampoco querían renunciar a la propiedad en general.

Las riquezas y el poder relacionado con ellas, representan fuertes tentaciones. Muchísimos sucumbieron ante ellas en el correr de los siglos. Por eso, los anabaptistas no se querían meter en ellas y eligieron conscientemente un estilo de vida sencillo y modesto. Un cargo o un puesto de responsabilidad, para ellos no representaban en primer lugar una posición de autoridad, sino un servicio, conforme a las palabras del Señor: “El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo” (Mt. 23:11). Esta manera de vivir formaba un gran contraste con la mentalidad de la época. Pero su estilo de vida y la declaración de Jesucristo de que Su reino no era de este mundo, fueron influyendo sus grandes decisiones.

Los anabaptistas optaron por una clara separación entre Iglesia y Estado, siguiendo el ejemplo de Jesús. Aunque Él realmente cambió el mundo, no eligió el camino político para esto. Nunca se entrometió en controversias políticas, ni siquiera cuando se trataba de la opresión por lo romanos. No se dejó provocar, por ejemplo, cuando le pidieron que pague impuestos. “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22:21), dijo, aunque sabía que, con estos dineros incautados, se fortalecería aún más la opresión romana. Podemos decir, según mi parecer, que Jesús vivía la separación entre Iglesia y Estado.

Pero la Iglesia católica tenía fuertes aspiraciones al poder. Se comprendía a sí misma como la suprema instancia en la Tierra. Por eso, el Papa era el único que podía coronar a un emperador, en aquel entonces.

Los reformadores, si bien no compartían esas aspiraciones, querían colaborar con las autoridades y recurrir a ellas en caso de necesidad, también a su ayuda militar, como vemos en el caso de Zuinglio en las guerras de Kappel, las primeras guerras de religión que hubo en Europa. Y aquí llegamos a otra diferencia con los anabaptistas: “Amad a vuestros enemigos” (Mt. 5:44), había dicho Jesús. Uno no ama a su enemigo cuando lo mata. Los primeros cristianos estaban muy conscientes de esto. En los primeros 200 años de cristiandad, prácticamente no hubo cristiano que ingresara a un ejército. Al contrario, hoy sabemos de casos de cristianos que murieron como mártires porque se resistieron a ser soldados.

Recién después de Constantino el Grande y su lema: “Con esta señal vencerás” (en la señal de la cruz), el ejército y el servicio militar volvieron a ser algo aceptado entre muchos cristianos. Uno podría preguntarse: ¿cambió la doctrina de Jesucristo?, ¿se equivocaron los primeros cristianos?

En el correr de los siglos, la Iglesia católica se alejó cada vez más de diferentes doctrinas de la Biblia. Empezó a enriquecerse y a buscar el poder. Con estas aspiraciones, muchos principios bíblicos fueron tirados por la borda, hasta que, en la Edad Media, el desastre fue evidente para todo el mundo. Mucha gente estaba dispuesta a escuchar a los reformadores, que querían reparar esta situación.

El pacifismo de los anabaptistas, sin embargo, iba aún más lejos. No querían acusar a nadie delante de un tribunal mundano. Pablo escribe: “¿No hay entre vosotros sabio, ni aun uno, que pueda juzgar entre sus hermanos?” (1 Co. 6:5). Entendían que este versículo no solamente se aplicaba a una querella entre hermanos, sino también a que un cristiano, en primer lugar, no tenía que recurrir a un juez no creyente.

Los anabaptistas (o bautistas) no se defienden con violencia cuando alguien les roba, a pesar de que lo tuvieron que pagar caro durante su historia. Cuando lo escuché por primera vez, pensé: “De esta manera no sobrevives ni dos semanas”. Pero después de un tiempo, vi y experimenté personalmente que los anabaptistas en Estados Unidos, no solamente han sobrevivido de esta manera, sino que incluso viven muy bien así. Esto es muy notable, ya que en Estados Unidos es muy común recurrir a las denuncias y a los tribunales.

¿Dónde está nuestra protección? ¿En quién o en qué confiamos principalmente? ¿Podríamos existir sin la protección de soldados y de armas?

En el Antiguo Testamento, Israel muchas veces estaba amenazado de ejércitos muy superiores a él. Entonces ellos clamaban al Señor. ¿Y qué hacía Él? En una ocasión, mandó a un ángel, quien mató a un ejército de 185,000 soldados en una noche (2 Reyes 19:35). En otra ocasión, los enemigos se mataron mutuamente por la intervención del Señor (2 Crónicas 20). “No es vuestra la guerra, sino de Dios” (2 Cr. 20:15). En estos casos, los israelitas ni siquiera tuvieron que luchar. ¿Creemos que Él puede hacer esto todavía hoy? ¿Creemos que el Señor lo haría por nosotros?

Hoy, la mayoría de los anabaptistas “clásicos” vive en Norteamérica: en el sur de Canadá y en el norte de EEUU. Después de varios siglos de sangrienta persecución, encontraron paz allí. No conozco exactamente su número. Sin embargo, son centenares de miles, los que han mantenido su fe anabaptista hasta en nuestro tiempo.

En Europa, especialmente en los Países Bajos, existen todavía los menonitas, una de las tres ramas de los anabaptistas, al lado de los amish y de los huteritas. También en Suiza existen algunas iglesias menonitas. Pero muchas de ellas ya no siguen rígidamente su fe tradicional. En Alemania, desde hace algunas décadas, hay otra vez más iglesias con doctrina anabaptista. Son los así llamados ruso-alemanes.

Durante su larga historia de persecución, los anabaptistas menonitas y huteritas llegaron también a Rusia, donde Catalina la Grande les había prometido libertad de culto por cien años. En el siglo XIX, este tiempo se había terminado, y el nuevo zar les dio diez años para asimilarse a los rusos. Por eso, casi todos los huteritas huyeron a Norteamérica. Los menonitas y otros colonos de origen alemán, en gran parte se quedaron en Rusia.

Allí, como hablaban alemán, sufrieron pronto muchos acosos bajo el régimen comunista – especialmente durante las dos guerras mundiales. Por eso, en 1989, centenares de miles huyeron a Alemania, donde muchos de ellos fundaron sus propias iglesias, para poder seguir viviendo conforme a su fe.

Hoy encontramos las influencias del pensamiento anabaptista en las siguientes áreas:

- El viejo principio de separación de Iglesia y de Estado, tiene su origen en el pensamiento de los anabaptistas. Ellos practicaban esta separación desde sus comienzos.

- El pensamiento de fundar iglesias libres, que no dependen de la Iglesia oficial, también proviene de ellos. En un lugar en Suiza, Zumikon, se encuentra una placa en la casa de la primera iglesia anabaptista del siglo XVI, recordando que, en este lugar, se fundó la primera iglesia libre en Suiza.

- El bautismo de fe se practica a la edad madura. Muchas de las iglesias libres actuales han vuelto a esta forma bíblica.

¿Y nosotros? ¿Qué opinamos del pensamiento anabaptista? ¿Estaríamos dispuestos a reconsiderar, de vez en cuando, el estado de nuestra fe? Muchas iglesias pensaban y piensan que esto no es necesario. Sin embargo, en todas las denominaciones se notan cambios, con el tiempo. Lamentablemente, en la mayoría de las antiguas iglesias, son cambios que se alejan de las doctrinas de fe bíblicas.

¿Nos dejamos advertir? ¿Estamos dispuestos a dejarnos examinar por la Palabra entera de Dios y, si es necesario, a redefinir nuestra posición?

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