La gran cosecha

Erich Schäfer

En el Evangelio según Marcos, nuestro Señor relata una notable parábola que dice: “Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado” (Mr. 4:26-29).

La tierra debe recibir la semilla para luego producir el fruto. Lo más importante es la semilla. ¡Si no cae en tierra, no habrá fruto y, por lo tanto, tampoco una cosecha!

El Señor Jesús se comparó a una semilla que debía caer en tierra para llevar fruto: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”. Él tenía que morir para que nosotros fuéramos salvos (Juan 12:31-32). Ese fue el comienzo de una gran cosecha. El Señor obtuvo la victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo a través de su muerte en la cruz y resurrección, siendo por lo tanto la semilla que produjo y producirá una abundante cosecha de hombres y mujeres salvos.

Al hablar el Señor Jesús con la samaritana en el pozo de Jacob, ella lo reconoció como un profeta, contándole acerca de lo que había oído hablar sobre el Mesías que había de venir. Esta era la semilla que estaba en su corazón, brotando en el momento en que Jesús le declaró: “Yo soy, el que habla contigo” (Jn. 2:26). La mujer fue a su ciudad y contó a la gente acerca de Jesús. Muchos comenzaron a acercarse a él para verlo. Ante esta situación el Señor dijo a sus discípulos: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores”.(Jn. 4:36-38).

Hubo una gran cosecha de samaritanos que creyeron en Jesús (v. 39). El mensaje acerca del Mesías ya había sido plantado antes en sus corazones y cuando lo vieron, la semilla brotó y dio fruto. Dios nos envía a recoger una cosecha de almas para él. En algunas vidas todavía hay que sembrar la semilla, en otras, podemos cosechar, porque la Palabra de Dios ya está trabajando en sus corazones: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17). Es nuestro deber expandir y sembrar la Palabra de Dios, para que él pueda hacer brotar estas semillas. Es necesario que vayamos y anunciemos el mensaje del evangelio.

El Señor Jesús recorría el país y enseñaba, predicando el mensaje de salvación. Dijo además a sus discípulos: “La mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mt. 9:37-38). ¡Cuántas personas podrían ser ganadas para el Señor Jesucristo! ¡Cuántos creyentes podrían ser fortalecidos y formados, cuántas iglesias podrían levantarse y utilizarse tan solo compartiendo nuestro testimonio con otros! Pero somos capaces de comprender esta necesidad solo cuando abrimos los ojos y vemos a los hombres tal como Jesús los ve: “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9:36).

Cuando miramos a las personas que están a nuestro alrededor con los ojos de Dios, él abre puertas por las cuales debemos tan solo pasar. La mies es mucha. Algunos siembran la semilla, otros la cuidan y la riegan. Como obreros del campo de Dios podemos predicar, orar, dar y apoyar. “Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento” (1 Co. 3:7). ¡Cada uno es, a su manera y en su área, un obrero llamado por Dios!

El que todavía no tiene ninguna misión, mire el campo, observe la iglesia en la cual Dios lo ha puesto y ore para que el Señor le muestre de qué manera puede serle útil. El Señor pregunta: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” ¿Cuál será nuestra respuesta?: “Heme aquí, envíame a mí”. ¡Que así sea en nuestras vidas!

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