La gracia es lo que cuenta

Norbert Lieth

Hace poco falleció mi cuñado; tenía 68 años y era muy querido por nosotros. Desde el día de su bautismo siempre lo acompañó un versículo, Salmos 25:7: “De los pecados de mi juventud y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad, oh Jehová”.

Cuando estamos delante de una tumba es inevitable reflexionar con estas preguntas: ¿cómo vivió?, ¿qué es lo que realmente queda al final?

Este versículo comienza diciendo: “De los pecados de mi juventud y de mis rebeliones, no te acuerdes”. Todos sabemos cuáles han sido nuestros pecados en el pasado, incluso los de nuestra juventud: bromas pesadas, peleas, pequeños robos, exceso de alcohol, ofensas a la moral, participación en bandas juveniles o acciones violentas. A lo largo de los años nuestra vida pasa por distintas circunstancias y nuestros pecados se acumulan. Esta es la razón por la que Pablo escribió a Timoteo: “Huye también de las pasiones juveniles…” (2 Ti. 2:22).

David sabe bien que Dios no olvida. ¡Ay de nosotros si tuviéramos que presentarnos delante de Él cargando aún con los pecados de nuestro pasado! Pues, ¿cómo escaparemos de nuestra culpa? Se adherirá a nosotros, nos perseguirá y nos alcanzará a más tardar cuando estemos delante de Dios, donde todo será manifestado.

El versículo continúa diciendo: “…conforme a tu misericordia acuérdate de mí”. Es interesante y significativo que David no orara: “Acuérdate de mis buenas obras, cómo obedecí a mi padre al apacentar las ovejas, cómo vencí a Goliat, cómo perdoné la vida de Saúl, las victorias que obtuve para Israel y la justicia que hice con muchos”. No, las buenas obras no pueden compensar los pecados. El profeta Hageo nos enseña que nada se hace puro al ser tocado por lo santo, sin embargo, todo lo que es tocado por lo impuro es contaminado (Hageo 2:11-13). En otras palabras, la ropa sucia no se limpiará por guardarla junto a la limpia, sino que, por el contrario, la limpia será contaminada. Es por eso que David oró: “…conforme a tu misericordia acuérdate de mí”.

No hay otro camino para la salvación que la gracia y la misericordia de Dios, las cuales nos son dadas plenamente en Jesús. No se trata de nuestras buenas obras, sino de Su obra: la muerte en el Gólgota, la resurrección y la ascensión. Jesús es el único capaz de purificar con sus manos santas a quienes toca, sin contaminarse (Mateo 8:3). La gracia de Dios derramada en Jesucristo es nuestra única garantía para el perdón; pero no solo eso, sino que además nos prepara para un día estar delante de Dios —con Jesús podemos morir felices. Me acuerdo de una persona que, en sus últimos momentos, aseguraba una y otra vez: “Jesús ha perdonado todos mis pecados”.

El que cree en Cristo, entregándole a Él su vida, recibe el perdón de sus pecados y es declarado completamente justo; Dios no recordará nunca más sus pecados, pues de lo contrario menospreciaría la obra de Jesús. Por eso, David sigue orando y declarando: “Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino” (Sal. 25:8).

El Señor Jesús es este camino (Juan 14:6). No hay otra senda donde podamos encontrar el perdón y la vida eterna (Hechos 4:12). En consecuencia, David escribe con mucha razón: “Gozará él de bienestar…” (Sal. 25:13). La Nueva Biblia Viva lo traduce de la siguiente manera: “Vivirá rodeado de las bendiciones que solo tú envías”. El que vive bajo la seguridad de Cristo, será guardado también al final de su vida, con el fin de ser llevado a Su Reino. Para siempre lo rodearán las bendiciones de Dios: “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos” (Ro. 14:8).

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