La Declaración de Nashville desde el punto de vista profético

Jacques Brunt

En la región germano-parlante, la llamada Declaración de Nashville fue publicada ya en 2017 sin causar gran sensación, porque se mantuvo en el rincón neo-calvinista de las iglesias libres. En Holanda, en lo contrario, su reciente publicación causó gran repercusión, hasta en el gobierno. Esta es la opinión de un firmante de los Países Bajos.

Hasta hace unas semanas atrás, muy pocas personas habían escuchado hablar de la Declaración de Nashville. Entretanto, esta declaración oficial altera bastante las mentes. Este comunicado no revela convicciones nuevas. De lo contrario, solamente reproduce los fundamentos cristianos clásicos con respecto a relaciones y sexualidad. La Declaración de Nashville tiene todo que ver con el verbo bíblico “profesar”, que en realidad significa: repetir lo que Dios dijo primero. Hoy este “profesar” se encuentra bajo mucha presión.

Las acusaciones y maldiciones con respecto a esta declaración, por lo tanto, tampoco se acaban. La intolerancia de los supuestos “tolerantes” ha salido a la luz. El pensar liberal –fuera, pero lamentablemente también dentro de la iglesia– quiere tapar la boca a aquellos que, antes como también después, defienden los principios bíblicos tradicionales, pero al mismo tiempo, tan actuales y tan saludables. ¡Para mí, como firmante de esta declaración, toda esta agitación en realidad es una señal en la pared, una señal del tiempo del fin!

Según la opinión de muchos, la Declaración de Nashville solamente trae división en la iglesia y la sociedad, y por eso, ellos expresan su espanto al respecto. Esta declaración, sin embargo, no trae división, sino que más bien, ha traído a la luz de manera dolorosa la división existente. Vivimos en tiempos proféticos, en los cuales también en la iglesia hay una separación de espíritus. Es el apóstol Pedro, quien habla a nuestros corazones y pensamientos cuando escribe: “Así que vosotros, amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos caigáis de vuestra firmeza” (2 P. 3:17).

Sin entrar en teorías de conspiración, es de gran importancia poner la inquietud causada por la Declaración de Nashville en un contexto más amplio. En todo el mundo, el movimiento de emancipación dirige una campaña feroz con una agenda clara. En la misma, los “disidentes” no tienen lugar y están más o menos obligados a unirse a este movimiento. Bajo la dirección de la ministra de emancipación (Ingrid van Engelshoven, Partido D66; nota de red.), el movimiento de emancipación es muy activo también en nuestro país, los Países Bajos. Piense usted, entre otros, en el grupo de presión de los homosexuales y la propagación agresiva de la ideología de género. Pero en cuanto una parte de la sociedad, un partido político o un ­individuo en nuestro país supuestamente libre, critique la implementación de la agenda de emancipación, inmediatamente le amenaza un proceso judicial. Fue llamativo el comentario del periodista Sylvain Ephimenco en el diario Trouw (del 12 de enero 2019): “El movimiento emancipatorio en toda su dominación, se ha vuelto tan insufrible como el enemigo [los autores y firmantes de la Declaración de Nashville JB] al que ayer combatían. La bandera del arcoíris, en el correr de los años, no solamente se ha vuelto más intolerante, sino también más selectiva en sus objetivos.”

Es sorprendente que muchos en la iglesia parecen ignorar estas evoluciones y la influencia enorme del espíritu de la época (la forma de pensar prevaleciente). En lugar de generar una opinión contraria vigorosa y profética, muchos pastores, predicadores y teólogos miran hacia otro lado y se dejan arrastrar por el torbellino del “pensamiento ilustrado”: una forma de pensar y un estilo de vida en los cuales el desarrollo y las necesidades del ser humano se encuentran en el centro de atención. El apóstol Pablo, de lo contrario, escribe palabras claras en este sentido: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Ro. 12:2).

Numerosas acusaciones fueron lanzadas contra traductores y firmantes de la Declaración de Nash­ville. La declaración no habría sido publicada en el momento correcto, el aspecto del amor faltaría, estaría formulada de manera imprudente, le faltarían pautas de ayuda espiritual, el documento sería demasiado severo en la formulación; ¿sería este el mensaje que necesita el mundo?

Algunos teólogos incluso le añadieron: “La declaración es muy débil en lo hermenéutico”, siendo que lamentablemente, justo en el caso de ellos, a menudo falta una perspectiva clara y bíblica. Además siempre hay “una vara para castigar al perro Nashville”, pero muchos líderes eclesiásticos críticos luego no se pronunciaron claramente. Eso nos da motivo para reflexionar. Pero aun cuando pensemos que hay algo qué decir a favor de las acusaciones arriba mencionadas, el núcleo y la esencia de la declaración se conservan, es decir, profesar y defender los principios cristianos clásicos en asuntos de relaciones y sexualidad. Todo cristiano fiel a la Biblia debería aprobar esto de todo corazón y comprometerse a favor de ello, ¿verdad?

¿Pero será que todo aquel que se dice ser cristiano, también es fiel a la Biblia? ¿Será que la iglesia del Dios vivo todavía sigue su llamado de ser “columna y fundamento de la verdad” (1 Ti. 3:15)? Con esto, estoy tocando un punto delicado dentro de las iglesias en los Países Bajos. Las verdades bíblicas se han vuelto relativas, y la cultura parece dominar sobre la Biblia. Pero Pablo escribe: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Ti. 3:16). La Biblia invita a todo ser humano a venir a Jesús, sin tener en cuenta trasfondo o predisposición sexual. En Él, Dios ofrece salvación y dicha a cada persona que cree. Pero la misma Biblia también es muy clara en que hay comportamientos determinados que nos llevan hacia afuera de los límites del reino de Dios. Una de las características más importantes del tiempo del fin es la falta de reverencia ante Dios y Su palabra (2 Ti. 3:1-5; 4:3-5). El resultado es la erosión de ética y moral. El ser humano mismo se convierte en norma con todas las consecuencias amargas que eso conlleva.

En parte, bajo la influencia del movimiento de emancipación, en vísperas de la venida del Señor Jesús, aumenta la presión para dejar de lado los principios bíblicos o al menos relativizarlos; aun cuando se trata de relaciones y sexualidad. Es ahí donde estamos en peligro de hacer concesiones. En ese caso, tendemos a regatear el amor de Dios contra Su verdad. Ni que Dios fuera contradictorio en sí mismo. El apóstol Pablo escribe en Efesios 4:15: “Sino que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo”. El amor de Dios va de la mano de Su verdad. Nuestro Señor Jesús lo dijo muy claro: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn 14:15). Sea lo que fuere el trasfondo o la predisposición sexual de un ser humano, es el amor de Dios y Su verdad lo que nos permiten que realmente florezcamos (espiritualmente). Estos son como los dos rieles de un tren que nos llevan a nuestra meta.

Como ya se ha dicho, las verdades bíblicas se han vuelto relativas y la cultura parece dominar sobre la Biblia. La pregunta que se me presentó en estos días fue: a nosotros como cristiandad, ¿todavía nos quedará algo siquiera, que nos haga dignos de sufrir por el nombre de Jesucristo (Hch. 5:41)? Como casi todo es justificado y quitado de en medio con el pretexto de que “Dios es amor”, la palabra de Dios pierde su verdadero poder y firmeza. La voz profética palidece, y Dios entrega la humanidad a la discreción de su propio corazón. Lo anormal se vuelve normal y viceversa; lamentablemente también en muchas iglesias. Puede que “Nashville” sea un recurso en la mano de Dios, también una prueba de fuego para la cristiandad, “para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos” (Dt. 8:2).

Además de la firma de la Declaración de Nashville, quisiera enfatizar la necesidad de una directriz pastoral para aquellos que luchan por su orientación sexual. En la práctica de mi trabajo, pude acompañar a varias personas con tendencias homosexuales. No obstante, debemos hacer una cosa (profesar los principios de Dios y defenderlos) y no dejar de hacer la otra (asesorar bíblicamente). ¡Solo entonces somos fieles a la Biblia y, por la gracia de Dios, podemos ser de bendición para las personas a nuestro alrededor!

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