La comunidad musulmana en Nazaret

Fredi Winkler

En Nazaret, donde se crió Jesús, la comunidad musulmana quiso construir hace unos años una mezquita con dos minaretes cerca de la Basílica de la Anunciación. Los minaretes debían ser más altos que la iglesia. Este proyecto no se pudo realizar, aunque en la plaza existe una pequeña mezquita que usan para llamar la atención de aquellos que visitan la Basílica, los que al pasar por allí, ven exhibidas grandes pancartas con versos del Corán.  

Uno de estos versos parece, a primera vista, muy positivo y aceptable. Pero al mirarlo de manera más detenida, denota una equivocación. Dice: Confiesa: todos creemos en Alá y en lo que nos fue revelado, y en lo que les fue revelado a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes, y en lo que les fue dado a Moisés y a Jesús y a los profetas de parte de su Señor. No hacemos ninguna diferencia entre ellos, y todos somos musulmanes (‘los que se someten’).

Si bien es verdad que el Corán coloca a Jesús en una posición destacada como profeta, niega los fundamentos de la fe cristiana: no cree que Jesús sea el Hijo de Dios ni que haya muerto en la cruz y luego resucitado, que por la obra que Él mismo consumó, sea Señor de señores y Juez sobre vivos y muertos, tampoco cree que Dios Padre le haya dado toda potestad en los cielos como en la Tierra.

Es cierto que estas verdades no son fáciles de entender desde un punto de vista humano. Se trata, en definitiva, de un asunto de fe, una fe que acepta el testimonio de todas las Sagradas Escrituras, Antiguo y Nuevo Testamento.

El Corán testifica que fue el mismo Dios quien dio a los israelitas el Antiguo Testamento y a los cristianos el Nuevo. Esta declaración constituye un gran problema para el islam: ¿cómo se entiende que sus doctrinas contradigan las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento de los cuales el mismo Corán dice que fueron dadas por Dios?

Sin embargo, han encontrado una solución sencilla a este problema: sus líderes afirman que tanto los judíos como los cristianos modificaron posteriormente sus Escrituras, siendo esa la razón por la cual no coinciden con el Corán.

El intento actual de relativizar las diferencias por medio de un diálogo interreligioso, siempre irá en perjuicio de la verdad. La tolerancia es fundamental para la convivencia social, pero si ser tolerante significa que la verdad, la que conocí como tal, no es verdad a causa de que algunos la relativizan, entonces sí tenemos un problema.

Recién gozaríamos de una verdadera tolerancia si, en un lugar musulmán como Nazaret, tuviéramos la posibilidad de exhibir, entre las demás pancartas, una cartel con el versículo: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, solo en Jesús. Pero sabemos bien que esto no es posible.

La verdadera tolerancia debe dar plena libertad para manifestar la verdad que uno conoció como tal, a la vez que acepta al otro con su distinto punto de vista.

Agradecido por la relativa libertad con la cual todavía podemos defender la verdad de quien dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”, los saludo con un cordial shalom.

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