La adivinación no es una virtud cristiana

René Malgo

Permítanme la siguiente observación: cuando se trata de predicciones, muchos creyentes parecen ya no creer en lo que dice la Biblia.

Moisés mandó al pueblo Israel: “No seréis agoreros, ni adivinos” (Lev. 19:26), y Miqueas profetizó en su tiempo en contra de los dirigentes de Judá, diciendo: “De la profecía se os hará noche, y oscuridad del adivinar” (Mi. 3:6). Incluso cuando un cristiano piensa que bajo el Nuevo Pacto ya no estamos obligados a atenernos a las exigencias morales de Moisés y de los profetas, por lo menos debería darse cuenta de que el Dios inmutable no tolera ningún tipo de adivinación. Santiago 1:17 dice que “toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”.

La adivinación no es una virtud cristiana. Recordemos, por ejemplo, el episodio con la muchacha que tenía un espíritu de adivinación en Hechos 16:16-18. Sin embargo, hay creyentes que practican diferentes formas de predicción. Es probable que no lean el horóscopo, pero se alimentan de literatura “fantástica”, tomando al pie de la letra las profecías de unos autoproclamados “expertos en cuestiones de tiempo final”, que anuncian acontecimientos poco específicos para ciertos días o períodos. Por ejemplo guerras, “algún suceso extraordinario relacionado con Israel”, hambrunas, persecuciones o el mismo regreso de Jesús.

Conocemos la fuerza seductora que ejercen las predicciones espectaculares y sabemos que también los buenos cristianos e incluso grandes siervos de Dios pueden ser engañados si no se cuidan. Tampoco nosotros hemos sido siempre inmunes contra ellas ni lo somos hoy. Sin embargo, la Palabra de Dios es y permanece verdadera, y ella dice: “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre” (Mt. 24:36). Pablo incluso opinaba que no era necesario escribir nada “acerca de los tiempos y de las ocasiones”, ya que los creyentes sabían perfectamente que el día del Señor vendría así como “ladrón en la noche” (1 Tesalonicenses 5:1-2). Esto quiere decir que en realidad sabemos muy bien que nuestro Señor vendrá repentina y sorpresivamente para juzgar al mundo. Por lo tanto, no necesitamos especular acerca de tiempos y ocasiones. ¡No vale la pena! Pero sí en cada momento debemos estar alertas y ser sobrios (lea al respecto 1 Tesalonicenses 5:3-11). Si los apóstoles no sabían nada acerca del momento del regreso de su Señor, a pesar de que lo esperaban aún durante su época, mucho menos lo sabremos nosotros.

Después de Su resurrección, Cristo enseñó durante 40 días a Sus discípulos acerca de los asuntos del Reino de Dios. Sin embargo, ellos no sabían cuándo restauraría “el reino a Israel” (Hch. 1:6), y cuando se lo preguntaron, el Señor respondió: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hch. 1:7). Cristo habla aquí de tiempos (es decir, épocas enteras) y no de un solo momento.

Hoy en día los “adivinos cristianos” se justifican a veces diciendo que no están hablando ni del día ni de la hora, sino solamente de tiempos o de épocas. ¡Pero ni siquiera esto nos atañe! En Hechos 3:19-20, por ejemplo, leemos que el regreso de Jesús depende del arrepentimiento del pueblo de Israel: “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado”. En Su sermón en el monte de los Olivos, Cristo dice que antes de Su regreso el evangelio debe ser predicado a todas las naciones, (Mateo 24:14; Marcos 13:10). Y en 2 Pedro 3:11-12, Pedro incluso escribe que nosotros los creyentes podemos apresurar la venida del Señor por nuestra conducta. La Biblia de las Américas traduce este pasaje así: “Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esta manera, ¡qué clase de personas no debéis ser vosotros en santa conducta y en piedad, esperando y apresurando el día de la venida de Dios, en el cual los cielos serán destruidos por fuego y los elementos se fundirán con inmenso calor”. El Dios omnisciente sabe el día y la hora exactos, pero por las muchas variables (como las que acabamos de nombrar) es imposible que nosotros lo calculemos. La profecía bíblica nos fue dada para ayudarnos a vivir “sobria, justa y piadosamente” en este siglo (Tito 2:13), pero no para que divulguemos ideas alocadas por el mundo.

Como dice Pablo, no tenemos que dejarnos “mover fácilmente” en nuestro “modo de pensar”, “ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta” (o algún libro o video en Youtube), porque “no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición” (2 Ts. 2:2-3). En otras palabras: recién cuando el así llamado anticristo se manifieste, habrá llegado el “día del Señor” (con todo lo que implica). Y el que cree que la Iglesia será arrebatada antes de la manifestación pública del anticristo (interpretando que lo que lo detiene todavía es justamente la Iglesia, comp. 2 Tesalonicenses 2:6-7), tiene aún menos motivos para meterse en predicciones especulativas.

Más allá de dónde ubiquemos el arrebatamiento en el tiempo y de cómo interpretemos “los tiempos o las sazones” del día del Señor, es un hecho absolutamente claro que no fuimos llamados a practicar la adivinación. Por el contrario, conscientes de que rápidamente se acerca la venida de nuestro Señor, vivamos para Él “en santa y piadosa manera de vivir” (2 Pedro 3:11). Esta debe ser nuestra única preocupación.

Maranata, amén; ¡ven, Señor Jesús!

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