El príncipe de los predicadores

Michael Kotsch

Más de diez mil personas asistían a sus servicios. Es considerado como uno de los más grandes predicadores de todos los tiempos: Charles Haddon Spurgeon. A continuación, veamos algo sobre su visión y ministerio.

El ministerio de Spurgeon coincidió con un período de avivamiento en Gran Bretaña. No por nada, en su revista mensual The Sword and the Trowel dio a entender su interpretación respecto a este concepto: “La palabra avivamiento se deriva del latín y significa ‘vivir de nuevo’ o ‘recibir de vuelta una vida que ha sido casi exhalada’. [...] La vacilante luz de vida de un moribundo vuelve a encenderse de repente con un brillo inusitado” (1866). Está claro que Spurgeon no estaba a favor de la idea de que el avivamiento se producía como resultado de ciertos métodos, aunque estos tuviesen un aspecto espiritual. Para él, este fenómeno no era consecuencia del “entusiasmo, las reuniones masivas o haber pisado con fuerza”, sino de la obra soberana de Dios. A lo sumo, los cristianos podrían crear las condiciones para que se dé, predicando la verdad bíblica. Sin embargo, como dijo Spurgeon: “El Espíritu Santo debe entrar en el corazón vivo a través de la verdad viva”.

En el boletín The Bible and the Newspaper, Spurgeon comentó los sucesos contemporáneos para recordar a sus lectores la soberanía de Dios en la historia. Para eso, hizo referencia a un ciclón en abril de 1878 que inundó también los sótanos del Tabernáculo Metropolitano, comparándolo con el irresistible poder de un avivamiento espiritual imposible de frenar.

Frente a un artículo publicado por el Daily News, que describía a los dreadnought (acorazados monocalibre) como los acorazados más avanzados del mundo, Spurgeon vio la oportunidad para criticar la fe ciega en la tecnología, muy generalizada en aquel tiempo, incluso en el ámbito eclesiástico. Luego de dos años del avivamiento espiritual dado por Dios, los cristianos comenzaron a desarrollar sistemas y esquemas que garantizaran el crecimiento espiritual. En esa ocasión, Spurgeon escribió: “¿No corremos todos el peligro de confiar en una máquina religiosa y dejar la obra del Señor en manos de secretarios, comités, misioneros, etcétera?”. Para él, el verdadero avivamiento no puede organizarse: “La vida divina debe irrumpir en las personas que no se interesan por ella y penetrar en espacios donde se le ve como una imposición. Debe ser vista por aquellos que se mueven a la deriva entre el tránsito y las multitudes”.

Compromiso social
Para Spurgeon, la renovación espiritual debía siempre manifestarse en la sociedad: “Es muy deseable que la Iglesia cristiana gane aún más fuerza e influencia en todo el mundo, favoreciendo la justicia [...], la reforma social y el progreso moral”.

El compromiso social de Spurgeon era evidente, entre otras cosas, por la fundación del orfanato Spurgeons Children´s Charity en 1867, el que contaba con lugar para albergar unos 500 niños. Su iglesia administraba además varias casas de caridad, escuelas y hogares de ancianos, todos financiados, sin excepción, con ofrendas voluntarias.

Spurgeon apoyó en lo político a William Ewart Gladstones (1809-1898), líder del Partido Liberal. Una y otra vez se ocupaba de cuestiones sociales, aunque esto resultara para él una desventaja; como, por ejemplo, cuando en 1860 denunció públicamente la esclavitud estadounidense en algunas de sus predicaciones, por lo que boicotearon sus libros y censuraron la edición impresa de sus sermones en ese país. Según Spurgeon, la esclavitud era “…el peor crimen y un pecado que destruye el alma”.

A partir de 1856, Spurgeon enseñó en el seminario que él mismo había fundado, The Pastor’s College (rebautizado más tarde como Spurgeon’s College). Esta universidad teológica gozaba de tanta aceptación que, en el año 1911, 24 % de todos los predicadores bautistas se capacitaban en este lugar. Uno de los objetivos centrales en el estudio teológico era la capacitación en el área de la predicación y la consejería. Los predicadores formados por Spurgeon fundaron numerosas congregaciones, en especial en el sureste de Inglaterra, dejando sus huellas en las iglesias bautistas de toda Gran Bretaña. Un alto porcentaje de los obreros que allí se formaron, decidió servir en las misiones mundiales.

Spurgeon como autor
A Spurgeon nunca le apasionó la escritura: “Para mí escribir es un trabajo de esclavo”, sostuvo en su libro The Saint and the Saviour. Son pocos los libros que escribió por su propia cuenta. Los años anteriores a su ministerio había contratado a un secretario, con el fin de que compilara todo el material de sus discursos y predicaciones, y lo hiciera imprimir.

Los discursos de Spurgeon no solo eran escuchados con gran entusiasmo: desde 1877 hasta 1917, sus predicaciones eran impresas semanalmente, con un tiraje de 25,000 ejemplares, primero en The New Park Street Pulpit y, más tarde, en The Metropolitan Tabernacle Pulpit. Estos sermones fueron traducidos a más de cuarenta idiomas, y todavía hoy mantienen su popularidad. Desde 1865 hasta su muerte en 1892, Spurgeon publicó un artículo mensual en la reconocida revista teológica The Sword and the Trowel.

Entre los numerosos escritos de Spurgeon –casi doscientos– se destaca el comentario del libro de Salmos: El tesoro de David (The Treasury of David) y una compilación de reflexiones y proverbios, además de La charla de John Ploughman: un consejo sencillo para la gente sencilla (John Ploughman’s Talk – Plain Advice for Plain People). Para el año 1900 ya se habían vendido unos 400,000 ejemplares de estas obras.

La teología de Spurgeon
Aunque la exégesis de Spurgeon estaba claramente marcada por la teología reformada, no se afiliaba a ninguna corriente teológica, tampoco al calvinismo.

Una y otra vez luchó a favor de una teología centrada en la Biblia. En 1864, criticó en una de sus predicaciones a los anglicanos por permanecer dentro de la Iglesia nacional inglesa, a pesar de enseñar que el nuevo nacimiento ocurría en el bautismo. Debido al “flojo” posicionamiento de la Alianza Evangélica respecto a este asunto, Spurgeon decidió separarse de ella. En 1887 le dio la espalda a la Unión Bautista por no oponerse con claridad a la interpretación liberal que se le daba a la muerte expiatoria de Jesús y a la inspiración bíblica (Down-Grade Controversy). Spurgeon era un fiel oponente a toda interpretación que cuestionara la inerrancia bíblica.

Invitaba a sus oyentes a entregarse personalmente a Dios y a tener una vida ejemplar. Aunque también los advertía respecto a la lucha que esto implicaba: “Satanás intenta obstaculizarnos cuando estamos en oración. Nos impaciencia y debilita nuestra fe, para que perdamos la bendición. Y no se muestra menos activo a la hora de obstaculizar el trabajo cristiano. Nunca ha ocurrido un avivamiento de la vida cristiana sin que se levantara al mismo tiempo una fuerte oposición. [...] No nos sorprendamos de que Satanás se nos oponga, pues esto es tan solo una prueba de que estamos del lado del Señor y hacemos la obra del Señor”.

Spurgeon remarcaba una y otra vez en sus sermones la importancia de la gracia y la obediencia, enfatizando tanto la soberanía divina como el libre albedrío. Destacaba la importancia de la Cena del Señor en la vida de la Iglesia. Hacia el final de su vida escribió: “Toda mi teología se redujo a estas cuatro palabras: Jesús murió por mí”.

Spurgeon como predicador
La gran aprobación que recibieron las predicaciones de Spurgeon no se debió a su entretenimiento o a una homilética adaptada a los gustos de la época, sino que sus cultos se caracterizaron más bien por centrarse en la oración y la enseñanza bíblica. Aunque siempre comenzaba explicando los principios del Evangelio, pronto comenzaba a tocar diversas temáticas teológicas, las cuales desarrollaba de manera gráfica. Por ejemplo, predicaba acerca de los atributos de Dios, la doctrina de la predestinación o tan solo analizaba un texto bíblico. Con su colorido lenguaje cotidiano, condimentado con un humor sincero y realista, Spurgeon pretendía acercar a sus oyentes a Jesucristo, enseñándoles los fundamentos de las doctrinas bíblicas. Siempre hablaba de manera concreta y muy personal, desafiando a sus oyentes. A veces el Espíritu Santo lo impulsaba a dirigirse a una persona de manera directa: “Allí está sentado un hombre que es zapatero y que tiene su tienda abierta los domingos. El domingo pasado también estaba abierta. Los ingresos fueron de nueve centavos, la ganancia de cuatro. Por cuatro centavos vendió su alma a Satanás”. Los oyentes quedaban impactados y en cada reunión las personas se entregaban a Cristo.

En Discursos a mis estudiantes, Spurgeon dio consejos de homilética a sus estudiantes, los cuales siguen vigentes. En El tesoro de David complementó sus comentarios bíblicos con los comentarios de teólogos puritanos y con Hints to the Village Preacher [‘Consejos para el predicador del pueblo’ (no se cuenta, hasta la fecha, con una versión en español)].

Según Spurgeon, los predicadores siempre debían testificar acerca de su vivencia con Dios. Para esto era fundamental la conversión personal: “Si no tenemos al Espíritu que Jesús prometió, no podremos llevar a cabo la misión que Jesús nos encomendó”.

Además, los predicadores debían confiar plenamente en la Biblia y justificar sus afirmaciones con la Palabra de Dios: “Una sola gota de la tintura sin diluir de la Palabra de Dios es mejor que un mar de explicaciones”.

Spurgeon daba mucha importancia a la buena elección de ejemplos, teniendo que ser estos acertados e idóneos, con el fin de ilustrar correctamente las enseñanzas de la predicación.

Exhortó a sus estudiantes a hablar de manera comprensible y creíble, desechando el lenguaje académico y teológico: “Aquel que le habla a un grupo de mineros con términos teológicos y vocabulario de salón se comporta como un idiota. La confusión de lenguas en Babel fue más amplia de lo que pensamos. No solo dio diferentes lenguas a las naciones, sino que hizo que la lengua de cada clase social fuese diferente”.

Además de incentivarlos a una preparación minuciosa de los sermones, Spurgeon animaba a sus alumnos a orar con intensidad: “La oración es nuestra principal ayuda mientras el sermón esté todavía en el yunque. [...] Sin oración, nuestros sermones resultan ser heno y rastrojo. Un poderoso hombre de oración es un muro de fuego alrededor de su patria. [...] No solo sería bueno que oráramos más, también debemos hacerlo. El secreto de todo nuestro éxito en el ministerio de la predicación reside en la oración”.

Vida privada
En 1856, Spurgeon se casó con Susannah Thompson, una mujer que se congregaba en su iglesia. Su matrimonio parece haber sido bastante armonioso. Sus hijos, Charles y Thomas, se hicieron también predicadores bautistas.

Durante años, Spurgeon sufrió de una nefritis crónica, muriendo finalmente el 31 de enero de 1892 en la población francesa de Menton. Más de 100,000 personas participaron del cortejo fúnebre llevado a cabo en Londres. Spurgeon es hasta hoy uno de los autores y predicadores más reconocidos en todo el mundo.

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