El miedo al Covid-19 y el pánico apocalíptico - Parte 2

Johannes Pflaum

El desconcierto cada vez más grande de los pueblos en vista de las crisis actuales ha sido profetizado por Cristo mismo. Dicho desconcierto va en aumento, cuánto más se acerca Su retorno. Una investigación.

Los dolores de parto de los que habla nuestro Señor en sus discursos del fin, aumentan y se vuelven cada vez más fuertes (cp. Mt. 24-25). Con eso también crecen el temor y la impotencia. Vendrán acontecimientos a los que la humanidad se enfrentará totalmente sin saber qué hacer. Pero eso no es que la naturaleza o la Madre Tierra, «Gaia», se vengue de los humanos. Los profetas del Antiguo Testamento y el libro del Apocalipsis muestran que, eso proviene de Dios – ¡como un llamado a la conversión de la humanidad! Es un sacudir para despertar a la gente y un anuncio de lo que viene después. 

El Salmo 2, que es mesiánico, habla de que el Señor turbará a las naciones (v.5). También Isaías 2:19 y otros pasajes mencionan esto. Están por venir conmociones, que echan abajo todos los modelos ­climáticos y pronósticos. Virus peligrosos, pandemias y otras enfermedades también pueden presentarse de forma totalmente inesperada (cp. Mt. 24:7). Cuando leemos el libro del Apocalipsis, vemos que al final las cosas se salen totalmente de su cauce a nivel político y económico, y también en la naturaleza. La humanidad ya no tendrá cómo oponerse a eso. También el último imperio mundial del anticristo, el aparente solucionador de problemas, será sacudido hasta sus fundamentos más profundos. 

En este contexto leemos en Lucas 21:25-26 de angustia y confusión de los pueblos a causa del bramido del mar y de las olas. El término usado para las olas de mar (salos) se encuentra solamente en este pasaje del Nuevo Testamento (al igual que otros cuatro términos en estos dos versículos). Se refiere a ser echado para uno y otro lado por las olas del mar. Puede que esto incluso se cumpla literalmente, si tan solo pensamos en los sucesos de Apocalipsis 6 y 16. Pero también es tomado figurativamente y muestra el desconcierto total de las naciones en el fin. Estas son sacudidas por los acontecimientos, así como los objetos que flotan en el mar se convierten en “juguetes” de las olas. Gerhard Maier lo denominó “la conmoción de todo el sistema de convivencia de las naciones”. El temor se relaciona con sucesos verdaderos y reales.

Hay algo más que tener en cuenta. Siempre recuerdo cómo el teólogo de Wurtemberg, Heiko Krimmer, citaba estos versículos. Él hablaba del tiempo del fin como de la era del temor; y luego agregaba por analogía, que ahí ni siquiera cree que todo sucederá de lo que la gente tiene miedo. Recordemos el tema ya olvidado de las gripes porcina y aviar, o actualmente el coronavirus–y no trato de minimizar esto– cada fallecimiento causado por estos virus es trágico, especialmente por el Covid-19. También las consecuencias posteriores que algunos tienen que soportar después de haber superado la enfermedad del C19, pueden ser graves. Pero también se debe tener en cuenta que, a pesar de toda pena y sufrimiento, algunos cálculos de terror, números de muertos y escenarios predichos no se han dado como ciertos. Del mismo modo, en lo que respecta a la gripe porcina y aviar, el temor de la amenaza siempre fue mucho más grande de lo que realmente terminó sucediendo. Lastimosamente, al mismo tiempo también hubo especulaciones y teorías de conspiración sin sentido entre algunos cristianos. Se decía, por ejemplo, que los virus y las vacunas correspondientes serían un medio para reducir la población mundial, o para controlarla mejor. En cuanto a esto, no obstante, debo mencionar que todo lo que políticos y medios de comunicación principales es señalado como «teoría de conspiración», también lo es. La porra de la «teoría de conspiración» lastimosamente es utilizada cada vez más en la temática del coronavirus para hacer callar críticas expertas justificadas en cuanto a la evaluación y las medidas, como también con respecto a la apreciación de la situación. 

Recordemos también el tema del ecodesastre–fue así que en la primavera del 2007 rondaba por la prensa un informe climático misterioso, según el cual nos quedarían solo 13 años antes del colapso. Estos trece años ya se cumplieron hace un año atrás, o sea en febrero del 2020. Si bien los problemas ecológicos se incrementan y las fuerzas de la naturaleza comienzan a tambalearse, sabemos en base a la Biblia con seguridad, que no habrá ningún colapso climático que abarcará el mundo entero. Ese es nuestro consuelo y nuestra confianza, ¡y más aún en vista del temor al Coronavirus y del pánico “Greta”!

Recordemos también el temor de una conflicto global de exterminio nuclear durante la Guerra Fría. En algunas situaciones de la política mundial en aquel entonces no faltaba mucho para la iniciación de una guerra nuclear, como también se llegó a saber posteriormente; pero aún así no sucedió. Hoy, es la marea de información digital la que refuerza el miedo constante, la alarma y la impotencia –independientemente de si lo temido sucederá o no. Vemos ambos lados de la moneda: por un lado, el temor y la impotencia en vista de acontecimientos reales que sacuden más y más a las naciones cuánto más se acerca el retorno de Jesús. Pero por el otro, también existe el miedo y la alarma de escenarios que nunca suceden como son predichos. 

Las conmociones cósmicas, de las que Cristo habla en Lucas 21:25ss, cuando todo se le escape a la humanidad de control, y se propaguen el miedo y el espanto, no será el final todavía, sino solamente la introducción de un suceso poderoso: Jesucristo regresará a la Tierra visiblemente en poder y gloria. Es verdad que también, los que somos cristianos, que creemos en la Biblia, a veces se apodera el miedo de nosotros, pero caminamos hacia la «gran luz» al final del túnel. Y eso ocurre, aun sabiendo que a Cristo en ningún momento se le escapa el control de los sucesos que producen el miedo. Todos los dolores de parto que sacudirán a la humanidad al final y le producirán temor y espanto, anuncian la segunda venida de Jesucristo. Después de toda la oscuridad de la historia del mundo sobrevendrá Su día lleno de luz. Esa es la única esperanza que tenemos para nuestro planeta y para la humanidad. 

El teólogo Adolf Schlatter de Tubinga, Alemania, escribió: «El mar, con su bramido poderoso, sirve de heraldo para el juicio venidero. Sin embargo, las naciones no saben lo que anuncia ese estruendo que suena a través de la Tierra. Ellos solamente ven la majestad y el espanto de lo que se acerca, pero no conocen a Aquel que viene».

Jesucristo viene otra vez, y pondrá fin a todo el sufrimiento, a toda la miseria causada por el pecado y las tinieblas. Pero Él también viene para juzgar a una humanidad enemistada con Dios –por eso los dolores de parto y temores que preceden a Su retorno (cp. Ap. 6). Si somos conscientes de eso, las conmociones y los temores que las acompañan serán un incentivo para nosotros–un incentivo a orar para que las personas sean salvas y conozcan a Cristo como su Salvador, y un estímulo para testificar del Evangelio y apoyar la propagación de las Buenas Nuevas. Por un lado, no debemos dejarnos arrastrar por la «fobia del fin del mundo» de una humanidad separada de Dios, y por el otro, tampoco necesitamos endulzar o minimizar nada. Más bien, en medio de una era de miedo debemos dar testimonio de la esperanza viva que tenemos. Se trata de reconocer y aprovechar esas posibilidades. Tal como el Apóstol Pedro lo escribió a las iglesias: «Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3:15).

Seamos testimonio en palabras y hechos. Enfrentémonos a las personas en amor y ayudémosles de manera muy práctica cuando tan solo tratan de salvar lo que consideran suyo. No lo hagamos en el sentido de soñadores piadosos que piensan, que todo va a mejorar y que podríamos crear un reino de Dios visible; sino como señal de esperanza hacia aquello que se viene con el retorno de Jesucristo. El temor, la angustia y la perplejidad que nos rodean, están dadas para impulsarnos a enderezar nuestra vida hacia la meta, a la venida de nuestro Señor Jesús. También como personas que pertenecemos a Jesucristo estamos en peligro de ser atrapados por el clima de miedo y de la desesperación, o de perdernos en lo perecedero. 

El camino de un cristiano en este mundo puede ser muy rocoso y empinado. Pero eso nunca es lo último. En el final no espera ni la desesperación ni un aparente «Happy End» [Final feliz, NdelT] terrenal, sino el perfeccionamiento y la comunión visible con Jesús. Personas salvas, cristianos verdaderos, nunca dejan lo mejor atrás de ellos, sino siempre por delante –aún cuando antes deben pasar por el valle oscuro de lágrimas y sombras de muerte. Incluso nuestra Tierra pasajera, desde el primer pecado, no tiene su mejor tiempo detrás de sí, sino que este sigue estando delante de ella. El mejor tiempo, el Reino Milenial, comenzará de forma totalmente real con el retorno de Jesús y el juicio sobre la humanidad que va de la mano del mismo. 

Me gustaría terminar con estrofas de una canción de Paul Lenz, que se cantaba a menudo durante mi juventud: 

«¡Jesús viene! Es el último tiempo, la humanidad está en cadenas. 

¡Jesús viene! ¿Estás preparado? Él quiere salvarte también a ti. 

¡Jesús viene! Él será juez de todos tus pecados. 

¡Jesús viene! Prepárate, y deja que se te predique ahora. 

¡Oh sal de tu noche, porque Jesús ha traído la luz!

¡Oh sal de tu noche! ¡Él pronto volverá!»

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