El mayor de ellos

Norbert Lieth

En el mes de mayo ocurrió un terrible accidente con uno de los teleféricos en la cumbre de la montaña Mottarone (Italia). Los frenos fallaron y la cabina se precipitó hacia el valle a una velocidad de 120 km/h. Catorce personas murieron. El único sobreviviente, aunque con varias fracturas, fue un niño israelí de cinco años–los médicos creen que fue debido a que su padre lo abrazó con todas sus fuerzas, protegiendo así su cuerpo.

El amor abraza. Jesús nos salvó la vida con Su propio cuerpo, entregándolo a la muerte; extendió sus brazos en la cruz para abrazar al mundo con Su amor.

El apóstol Pablo dice en 1 Corintios 13:13: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres, pero el mayor de ellos es el amor”. Unos versículos antes, ya había afirmado que “El amor nunca deja de ser” (vs. 8). Esta es la razón por la que debemos seguirlo (1 Corintios 14:1).

El amor abraza. Es preciso que sea la fuente y el fin de todas nuestras acciones, el fundamento y la cumbrera de nuestra “casa” de vida. Pues solo el amor es capaz de dar valor a nuestras acciones. Es por eso que 1 Corintios 16:14 dice: “Todas vuestras cosas sean hechas con amor”.

El amor no lo tolera todo ni justifica el pecado, sino que busca el camino de la afectuosa franqueza, de la reconciliación y el perdón. 

Dietrich Bonhoeffer dijo: “El valor de una vida está en directa relación con el amor que hay en ella”. El escritor y reportero estadounidense Andy Rooney expresó: “El amor, no el tiempo, cura todas las heridas”. El padre de la iglesia, Agustín de Hipona, aconseja: “…si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor”. Mientras que John MacArthur comentó: “Como atributo de Dios, el amor es constante e indestructible. El amor sobrevive todo fallo humano”.

Un predicador contó en un sermón que, luego de varios días de estar internado en un hospital, decidió leer toda la Biblia. Mientras leía, se vio impactado de cómo las Escrituras en su conjunto formaban una gran historia de amor, la de Dios hacia los hombres. Casi todos los seres humanos son indiferentes a Él, empero, Dios permanece fiel a Su amor–le vuelven la espalda, pero Él corre como un amante tras ellos. Este predicador mencionó todas las cosas que Dios hace para demostrar Su amor, para eso citó Isaías 49:16: “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros”. Explicó que, en el antiguo Israel, cuando un joven se enamoraba de una muchacha, escribía el nombre de la amada en la palma de su mano. Podemos imaginar cómo se detenía por momentos en su trabajo o en el camino, tan solo para abrir su mano y leer ese preciado nombre, donde recibía el primer rayo del sol naciente, donde podía soñar e imaginarse a su amada delante de él.

La mayor manifestación de amor que Dios ha tenido por nosotros consiste en el regalo de Su Hijo: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). No podemos ser indiferentes a esta amorosa obra. Juan, el “apóstol del amor”, sintetiza en 1 Juan 4:11 el desafío que representa para nosotros: “Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros”.

A veces me pregunto si realmente hemos entendido el sublime valor del amor, pues no podemos negar que se manifiesta muy poco en nuestras vidas. A veces parece que la obstinación, la frialdad a la hora de juzgar a los demás, el egoísmo, la envidia, el rencor y la falta de perdón han tomado su lugar; en vez de abrazar a las personas, las alejamos.

Pero ¡el amor es el más grande, poderoso, unificador y transformador de los dones del Espíritu! Quisiera en lo personal aprender cada vez más a ser regido por el amor de Dios que recibí en Cristo. ¿Te sumas?

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