¿Cómo deberíamos mirar a los musulmanes?

Randy Alcorn

Es posible evaluar honestamente el islam sin odiar a los musulmanes al hacerlo.

Como seguidores de Cristo deberíamos mirar a los musulmanes con los mismos ojos con que debemos mirar a las demás personas: como creados a la imagen de Dios. Ellos son valiosos y considerados dignos a los ojos de Dios, y por eso ellos deberían ser valiosos para nosotros también. Deberíamos tratar a cada persona con respeto y llevarles el mensaje de la salvación en Jesucristo con todo amor.

Detesto el racismo y el fanatismo religioso. Los comentarios contra los árabes que mi esposa Nancy y yo hemos escuchado de cristianos a través de los años nos inquietan mucho. Estuvimos en Egipto, donde pudimos disfrutar un tiempo con personas árabes; nos encontramos con palestinos a quienes hemos aprendido a amar y a valorar; para nosotros es un gozo estar en Belén, que es una ciudad árabe; pasé un día con amigos misioneros en Gaza y vi la gran necesidad de la humilde población palestina, incluyendo a algunos cristianos.

No todos los árabes son musulmanes, y no todos los musulmanes son árabes. Estoy decididamente a favor del derecho de existencia y autodefensa de Israel, pero no deberíamos olvidar que aproximadamente el ochenta por ciento de los cristianos en Israel son árabes. No solamente deberíamos amar a los judíos en Israel sino también a los árabes, y especialmente a nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

No obstante, más allá de eso, creo que algunas personas que desean combatir el odio hacia los musulmanes tergiversan la verdad. Debemos evitar la intolerancia hacia los musulmanes (y hacia otras personas también), pero deberíamos reconocer que en todas partes del mundo hay mezquitas en las que se promueve activamente un odio importante hacia Occidente, hacia Israel y hacia judíos y cristianos. Sin lugar a dudas ese odio fue fomentado por las Cruzadas, que fueron llevadas a cabo en el pasado por cristianos declarados. Sin embargo, no es totalmente correcto si se le dice al mundo (como he escuchado repetidas veces): “El islam es una religión de paz, no de guerra; de amor, no de odio.”

Incluso aquellos que opinan que su rechazo hacia cristianos, judíos, etc., es justificado, tienen que aceptar que en algunas mezquitas se proclaman mensajes de odio extremo (a veces insistentemente), y eso en ocasiones lleva al reclutamiento de quienes cometen atentados suicidas y otro tipo de terrorismo.

Obviamente no deberíamos concluir que todos los musulmanes son violentos solo porque algunos lo son, del mismo modo que nosotros como cristianos no queremos ser juzgados por el comportamiento de algunos que se dicen ser cristianos. Pero la pobreza y la desesperanza de muchos musulmanes han llevado a que su religión fuera tomada por predicadores del odio como el Estado Islámico.

Decididamente deberíamos com­batir la estrechez mental, buscar la amistad con nuestros prójimos musulmanes, y defenderlos. Pero al mismo tiempo deberíamos ser honestos: si declaramos categóricamente que Mahoma, el islam y el Corán son pacíficos y no violentos, puede que eso sea bien recibido en reuniones ecuménicas pero lamentablemente no estaremos diciendo toda la verdad. Solamente admitiendo que algunas mezquitas dan lugar al terrorismo podremos animar a los musulmanes pacíficos a tomar responsabilidad y oponerse al tumor cancerígeno del odio.

Podemos y debemos amar a los musulmanes, orar por ellos, defender sus derechos civiles, darles la mano y ayudarles. Pero haciéndolo debemos seguir creyendo que su religión es falsa, y que (sin importar cuán honestamente la practiquen) sin Cristo irán al infierno. Debemos vivir la tolerancia en el sentido correcto, desechando la tolerancia equivocada que considera a todos los sistemas religiosos como si tuvieran el mismo valor.

Lo mismo es cierto con respecto a hindúes, budistas y a nuestros amigos judíos que no aceptan a Cristo como el único y suficiente sacrificio de Dios por los pecados. Esto también aplica a los llamados “cristianos nominales”. No le hacemos un favor a nadie si predicamos un pluralismo mal dirigido, que pone como pretexto que todas las religiones son igualmente verdaderas; hacemos mucho daño si callamos el evangelio, como si las personas religiosas ya tuvieran lo que necesitan.

Sin lugar a dudas deberíamos practicar amor, amabilidad y misericordia hacia otros. Aunque existen diferencias importantes entre las diversas corrientes de fe, tenemos que cuidar de confrontar con gracia y respeto a las personas que siguen otras religiones; la diferencia de creencias no es excusa para tener una postura hostil hacia el prójimo.

Hace algunos años atrás en Chicago tuve una conversación con un taxista llamado Sayid. Admiré su dedicación a la fe islámica, estuve de acuerdo con él en cuanto a su preocupación por la decadencia moral en América, y por amor a él le hablé de Cristo y le di uno de mis libros sobre el evangelio. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre si no es por mí” (Juan 14:6). No es correcto señalar que otra fe o sus elementos son tan buenos como aquello en lo que nosotros creemos; por eso no debo llamar a Mahoma como “gran maestro” ni adorar al Alá musulmán.

Nunca deberíamos tratar de forzar una conversión; tampoco podemos hacerlo ya que las conversiones forzadas no son auténticas. Pero una cosa muy diferente es mostrarse entusiasta sobre el Islam y dar a entender que no es necesaria una conversión a Cristo para llegar al cielo. Tenemos que amar tanto a los musulmanes (y a todas las personas), como para querer contarles la verdad sobre Jesús: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch 4:12).

Traducido del inglés americano, “How Should We View Muslims?”, emp.org. Publicado con permiso.

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