9-11 Veinte años más tarde

Norbert Lieth

Ya han pasado veinte años desde el 11 de septiembre de 2001, cuando los islamistas estallaron aviones comerciales contra las torres del World Trade Center. Las lecciones aprendidas en aquel terrible día siguen vigentes.

Ese martes se desató en los medios de comunicación una avalancha de información. Todas las personas estaban, día y noche, pendientes de las noticias sobre los terribles atentados terroristas de Nueva York y Washington–se explicaron los posibles antecedentes y los pasos a seguir; muchos temían que se desatara una guerra a gran escala.

El mundo se vio sacudido y extendió su solidaridad al pueblo estadounidense. Todas las naciones estuvieron de acuerdo en que estos ataques las afectarían y que nada volvería a ser igual. Acudieron equipos de rescate de distintos países, mientras que la otan, la onu y la ue se reunían para discutir acerca de esta lamentable situación y sus consecuencias.

Muchos periodistas describían este cobarde ataque a Estados Unidos como un “acontecimiento apocalíptico”, pues era comprensible, al ver el montón de escombros humeantes de lo que otrora fueran las descomunales torres gemelas de World Trade Center, que acudiera a nuestra memoria el pasaje de Apocalipsis 18, donde habla del juicio repentino que vendría en tan solo una hora, justo el tiempo que duró el atentado. ¡Parecía ser una advertencia de Dios!

El Señor Jesús dijo respecto al tiempo previo a su segunda venida: “Oiréis de guerras y rumores de guerras…” (Mt. 24:6). Las dos primeras guerras mundiales causaron millones de muertos entre civiles y soldados. Poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el entonces presidente estadounidense George W. Bush, declaró la guerra total al terrorismo: “Estamos en guerra. Encontraremos y castigaremos a los culpables”. A esto, le siguieron devastadores conflictos en Irak y Afganistán, calificados como inútiles por muchos expertos en la actualidad. Hace poco, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ordenó que las últimas tropas estadounidenses que quedaban en Afganistán se retiraran en silencio, causando el caos y desastre que se aprecia en los medios.

Los acontecimientos que rodearon el 11 de septiembre evidenciaron de manera sorprendente y aterradora la veracidad de las palabras de Jesús cuando profetizó acerca de la Gran Tribulación, la cual castigaría a todos los habitantes de la Tierra como con un lazo, de manera repentina y sorpresiva (Lucas 21:35). Veinte años después, no es aventurado afirmar que lo que el Señor predijo acerca del temor de la humanidad es cada vez más evidente: “Los hombres quedarán sin aliento por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra, porque las potencias de los cielos serán conmovidas” (Lc. 21:26). Una paráfrasis de este pasaje dice: “Los hombres esperarán medio muertos de miedo para ver qué calamidades caerán aún sobre la tierra. Porque todo el orden del cielo se derrumbará”.

El elemento aterrorizador de la humanidad, tanto en aquella época como en la actualidad, es la incertidumbre, pues no hay dirección, carecen de esperanza y rechazan al Salvador. ¡Qué afortunados son los cristianos al tener una relación viva con Jesucristo!

Lo que Dios quiere
El Dios Todopoderoso está detrás de todos los acontecimientos mundiales: nada está dejado al azar. Salmos 46:10 dice que Él tiene el control en todos los conflictos bélicos y el Salmo 33:10-12 asegura que Su plan siempre se cumple: “Jehová hace nulo el plan de la de las naciones y frustra las maquinaciones de los pueblos. El plan de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón, por todas las generaciones. Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí”. (Sal. 33:10-12).

Podemos destacar tres cosas de este pasaje. En primer lugar, Dios puede anular los planes de las naciones. En segundo lugar, el exitoso plan del Señor perdura para siempre, más allá de lo grande que parezca la confusión y, en tercer lugar, la nación que Él ha escogido como herencia puede sentirse bienaventurada–lo que sin lugar a dudas se refiere a Israel, pues Dios sigue amando a esta nación por causa de sus padres (Abraham, Isaac y Jacob).

En última instancia, no solo la política mundial gira en torno a Israel, sino también el plan de Dios para su salvación, más aún al acercarse el final de la era de la Iglesia. Todos los acontecimientos que han tenido o tienen lugar en este mundo, tanto hoy como hace veinte años, tienen la intención de cumplir el plan de Dios de establecer a su Rey en la Tierra para gobernar sobre todo los reinos del mundo.

Curiosamente, luego de la ola de terror en Estados Unidos, comenzó a orarse y cantarse el padrenuestro en innumerables iglesias y sitios públicos de los países democráticos. En esta oración hay dos peticiones: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6:10). Dos ruegos que dan en el clavo: que el reino de Dios venga a la Tierra–un reino venidero que se le ha dado de forma exclusiva al Hijo de Dios–y que se haga Su voluntad tanto en el Cielo como en la Tierra. 

En Jesucristo “…fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1:16). También las personas, incluidos tú y yo. Por lo tanto, una vida sin Jesús es una vida sin sentido. Algunos jóvenes se preguntan la razón de su existencia. La respuesta es: ¡para Jesús y su reino! La humanidad tiene temor por carecer del verdadero sentido de la vida en Cristo. En contraste, quienes pertenecemos a Jesús descansamos en Sus promesas futuras. El futuro del Señor es también nuestro futuro, es así que podemos experimentar lo que expresa el himno: 

“Un día veré a Jesús, y entonces entenderé lo que antes no entendía, cuando Dios haga visible su reino”.

Hoy en día vemos con claridad que la era de la Iglesia está llegando a su fin y que el Señor Jesús volverá pronto por ella. Él profetizó: “Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Lc. 21:28). Por lo tanto, cada hijo de Dios debe entregarse por completo a esta verdad: “¡Jesús será mi todo!”–¡Maranatha, ven, Señor nuestro!

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