500 años de Reforma: luz y sombras

Armin Sierszyn

Jesús envía a Sus discípulos al mundo entero: “¡Id, y anunciad las buenas nuevas a toda criatura! Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (cp. Mt. 28:19; 5:13). Quizá sea precisamente eso lo que estamos viviendo en nuestros días. El mundo entero, también el occidental, está experimentando un cambio profundo. Las antiguas recetas de la élite intelectual están gastadas. La Iglesia europea, sigue la corriente principal, y es despreciada y pisoteada –por los pies de aquellos que la abandonan en masa. La iglesia protestante, una vez llamada a ser sal y luz, a menudo ya no sabe ni ella misma quién es y lo que debe hacer. Se preocupa sobre todo por su supervivencia. La iglesia nacional de Zúrich, por ejemplo, discute hace una década sobre dinero, porcentajes por puestos y estructuras propias.

Alrededor del año 1500, la Iglesia estaba atada al dinero, al espíritu destructivo y a la política. Desde el siglo XIII y XIV la iglesia católica se iba convirtiendo en el primer poder financiero de Europa (papado en Avignon). Todo el movimiento de pobreza era una poderosa protesta contra ese camino errado. En el año 1500, gobernaba en Roma el papa del Renacimiento, Alexander VI. Con sus amantes, engendró varios hijos ilegítimos, a quienes les regaló tierras y principados. De sus ovejas, es decir, de la misma iglesia, exigía buena moral o, por lo menos, el rescate de castigos de pecado y purgatorio, por medio de la compra de indulgencias. Por alrededor de un salario mensual, toda persona podía liberarse de todo tormento de pecado y muerte, según el lema: “En cuanto el dinero retiñe en la caja, el alma salta al cielo”. Con ese dinero de multas y castigos, la iglesia de aquel tiempo llenaba con hipocresía sus cofres, tal como en la actualidad lo hacen los gobiernos europeos con las miles de millones de multas de tránsito.

En contra de esos abusos se dirige el monje agustino y doctor en teología Martín Lutero, en Wittenberg. Este lugar, hoy a una hora de viaje en automóvil de Berlín, en aquel entonces era un pueblito de 2,000 personas, al borde noreste de la civilización alemana. Erudito de la Biblia y capacitado según el ejemplo de Agustín, Martín Lutero hizo un descubrimiento que en ese tiempo y revolucionario: ningún ser humano puede permanecer delante de Dios, ni puede liberarse a sí mismo a través del dinero. Todos estamos perdidos, todos. En la carta a los romanos, escrita por Pablo, Lutero descubre el mensaje reformador que lo lleva a las puertas del paraíso: lo que ningún ser humano es capaz de hacer  –lo hizo el Dios vivo: Él envió a Su Hijo. Jesucristo murió en la cruz y pagó de una vez por todas nuestras cuentas –¡no con plata u oro, sino con Su propia sangre! Todo esto lo hizo Dios y nos lo regala sin condiciones  –por amor insondable. Quien confía en este mensaje de las Sagradas Escrituras es salvo para toda la eternidad. Nada lo puede separar del amor de Dios; la fe en Cristo es el ancla firme en medio de la tormenta y el naufragio.

Parte de la Reforma, es en primer y último lugar la Biblia. En el año 1500 ni siquiera los sacerdotes leían las Sagradas Escrituras. Martín Lutero tradujo la Biblia entera, Antiguo y Nuevo Testamento, al alemán. La elocuencia y el talento lingüístico de Lutero son únicos y hasta el día de hoy no han sido alcanzados. La Biblia en alemán de Lutero tuvo aceptación. Especialmente en la élite protestante fue leída rápidamente y con gusto. El reformador tradujo la Palabra de Dios, prácticamente al corazón de sus amados coterráneos alemanes. De este modo, la Biblia de Lutero se convirtió en la base para la lengua del alto alemán moderno. Sin la Biblia de Lutero no existirían ni Goethe ni Schiller. Pero, la Biblia de Lutero, sobre todo, se convirtió en la madre de la iglesia evangélica luterana, ya que:

Solamente de la Palabra de Dios nace la iglesia cristiana.

Solamente de la Palabra de Dios les viene a los predicadores la sabiduría y la fuerza.

Solamente la Palabra de Dios juzga, salva y cuida el mundo.

El programa base de toda la Reforma, desde Wittenberg hasta Ginebra, siempre es el mismo.

SOLA SCRIPTURA = Solamente las Escrituras

SOLUS CHRISTUS = Solamente Cristo

SOLA GRATIA = Solamente por gracia

SOLA FIDE = Solamente por medio de la fe.

En todo esto, Lutero siempre buscó el centro en la Biblia, es decir a Jesucristo, y a Él crucificado. No quiso confiar en grandes palabras de sabiduría humana, ni tampoco en profundas experiencias piadosas, sino tan solamente en la palabra de la cruz (1 Co. 1) que derriba toda gloria humana.

Como la Palabra de Dios tiene un significado tan alto y tan central para la vida entera, la Reforma se convirtió en la madre de la enseñanza primaria, y esta en un instituto central en ciudades, países y aldeas evangélicas. “Leer, escribir y orar” eran las competencias centrales que debía trasmitir la escuela, también en la Suiza protestante. Ya que las personas que podían leer la Biblia, eran capacitadas para encontrarse con Dios y para comprender Su Palabra. Quien lee la Biblia encuentra redención, esperanza y un perfil espiritual. Así la Biblia y la educación se convirtieron en una fuente para el capital humano mental, en los países protestantes de Europa.

Martín Lutero sacudió a una iglesia y a una sociedad corrompida, poniendo en peligro su propia vida. Como él tocó los tabúes de los poderosos, fue amenazado con la hoguera. Cien años antes, el 6 de julio de 1415, Juan Huss pagó con la vida, en el Concilio de Constanza, por su esfuerzo a favor de una reforma de la iglesia. Sus cenizas fueron vertidas en el Río Rín, a pesar de que el Emperador Segismundo le había prometido un salvoconducto.

El 18 de abril 1521, Lutero debió prestar declaración en Worms, Alemania, ante emperador, nobles y miembros del consejo municipal. Ante las instancias más altas del imperio, el ya proscrito, declaró en ese día memorable: “Mi conciencia está presa en la Palabra de Dios, por eso no puedo y no quiero retractarme de nada”. Lutero sabía que, también en la ciudad de Worms, se podían echar (sus) cenizas de hereje al Río Rin. Aún así, se mantuvo firme.

En la historia europea, este 18 de abril 1521 correctamente es considerado como un día significativo. Allí se encontraba un hombre solo, ante las más altas instancias políticas, y apelaba a la Palabra de Dios y a su conciencia. Por supuesto, había aprendido todo eso de la Biblia (Ro. 13:5; 1 Ti. 1:19). Para la historia europea de la temprana era moderna, era una fuerte señal que un humano se acogiera a la libertad de la fe y la conciencia. Allí Lutero abrió una puerta que llevaba de la edad media a la edad moderna.

Para proteger a Lutero de la venganza del emperador, después del transcurso del plazo de protección otorgado, algunos amigos lo secuestraron y lo escondieron en el Castillo de Wartburg, que se encuentra en lo profundo del bosque de Thuringen. Aun así, los escritos y volantes de Lutero rápidamente llegaron a todos los países. También en Basilea se imprimieron los escritos del reformador. La Reforma se convirtió en un movimiento “internacional”.

También en Zúrich, la semilla de la Reforma cayó en buena tierra. En 1518, Ulrico Zuinglio de Wildhaus, pastor en Einsiedeln, Suiza, fue llamado como pastor a la iglesia-monasterio Grossmünster de Zúrich. Allí debía predicarle a la gente. Zuinglio comienza su trabajo el día de Año Nuevo de 1519, con una interpretación del evangelio de Mateo. También en la Reforma de Zúrich, la Biblia jugó un rol fundamental y decisivo. Zuinglio y sus amigos tradujeron la Biblia a toda velocidad del hebreo y del griego a la lengua alemana. A las dominicanas en el Convento de Oetenbach, Zuinglio les dijo: “¡Es más fácil que la naturaleza abandone su rumbo, que no se cumpla la Palabra de Dios!”. Y en sus discursos de clausura (1523), el reformador escribió: “La Sagrada Escritura tiene que ser mi juez y de todas las personas; pero el ser humano no puede ser juez de la Palabra de Dios”.

También Zuinglio sacudió los tabúes del tiempo. Durante la cuaresma del año 1522, estuvo presente en una comida, donde se servían chorizos, (lo que estaba públicamente prohibido). Cuando el olor de los chorizos calientes llenó la casa del maestro tipógrafo y todos (excepto Zuinglio) se sirvieron, la ilustre ronda abrió las ventanas para que los habitantes de la ciudad en las calles se dieran cuenta de lo que sucedía allí. Una tormenta de indignación llenó a los de la fe antigua, pero Zuinglio continuó predicando la Palabra de Dios.

Las disputas eran una peculiaridad de la Reforma de Zuinglio. Cuando las olas de las emociones se levantaban en alto, el concilio decretaba procedimientos de consulta. Las iglesias de Zúrich podían “dejarse interrogar” a través de delegaciones. Para hacer esto no utilizaban la lengua de los eruditos, el latín, sino del dialecto alemánico del pueblo. ¡Todos los creyentes eran maduros! Se trataba de la pregunta: ¿cuál es la iglesia correcta? Hasta 600 hombres discutían con Zuinglio y sus amigos en la antigua municipalidad. Como pauta solamente era válida la Biblia. Algunos amigos humanistas de Zuinglio presentaban una forma radical de Reforma. Miembro de la iglesia solamente podía ser quien se había convertido y había sido bautizado por su fe. Zuinglio notó que un camino radical de la Reforma en Zúrich sería ahogado en sangre y lágrimas. Todavía Zúrich se encontraba solo, los confederados juntamente con Berna recatolizarían con violencia a la ciudad a orillas del Limmat. Y, también, teológicamente, Zuinglio pensaba diferente que los anabautistas. Como Agustino, él diferenciaba entre la Iglesia visible y la invisible. No todos los miembros de la iglesia visible son verdaderamente creyentes, y también entre los aparentemente piadosos hay hipócritas. Por eso la verdadera iglesia de Jesucristo es invisible. Solamente Dios conoce a los Suyos. De esa manera Zuinglio lo formulaba concisamente: “¿Cuál es la Iglesia de Cristo? Los que escuchan Su palabra. ¿Dónde está la Iglesia? A través de toda la Tierra. ¿Quién es ella? Todos los creyentes. ¿Quién los conoce? Dios”.

Jueves santo, viernes santo y domingo de pascua de 1525 se celebró la primera Santa Cena evangélica en el Grossmünster de Zúrich. En comparación a la misa católica, la Santa Cena se celebraba con expresa sencillez y bíblica sobriedad. “El Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan…” (1 Co. 11:23). Los participantes del culto recibían pan sin levadura (obleas) de una fuente de madera y vino de una copa de madera. A diferencia de Lutero, Zuinglio interpretaba el pan y el vino como simbólicos: “esto significa mi cuerpo”, etc. Esta interpretación de Zuinglio se ha impuesto en diversas iglesias libres, pero no en las iglesias reformadas. En estas lo que vale es el entendimiento de Juan Calvino: cuerpo y sangre de Cristo están presentes a través del Espíritu Santo y son recibidos espiritualmente en el corazón. No hay lugar para utensilios y copas de oro. También las cantatas hermosas y la música conmovedora son obstáculos para la Palabra de Dios que nuevamente debe ser escuchada. Zuinglio y más tarde también Calvino, representaron una piedad puritana. Lo que no está escrito específicamente en la Palabra de Dios no debe tener lugar en el culto.

Zuinglio proviene de una familia de política; su padre fue alcalde de Wildhaus. Zuinglio fue un reformador político. La Reforma de Zúrich iba dirigida a cambios prácticos. También Lutero entendió el trabajo como un llamado. Ya en la temprana edad media, Benedikt de Nursia le obsequió al orden de los benedictinos el lema: “Ora y trabaja”. Para Zuinglio el trabajo no era carga, sino servicio a Dios y expresión de la fe. No solamente la agricultura, también el comercio, los oficios, las artesanías, el gobernar y el enseñar eran considerados positivamente como trabajo. El mendigo, quien antes determinaba la imagen de la ciudad, estaba prohibido. La diligencia, la austeridad, la fiel administración eran parte del servicio a Dios. Gracias a la nueva ética laboral, la ciudad floreció. En la década 1540/50 le correspondió a la ciudad un capital de 100,000 libras, usado por el gobierno para ampliaciones regionales. Esta nueva forma de fe fue denominada puritanismo (purus= puro), es decir que fe y vida en la Zúrich reformada eran “purificados” de ingredientes no-bíblicos. Esta tendencia se incrementa aún más en el Calvinismo.

Los bienes de los monasterios confiscados por el Estado servían como base para la asistencia estatal. En la iglesia del predicador, el concejo establecía un lugar para la alimentación de los pobres. La edad media toleraba la mendicidad, incluso la interpretaba como positiva: en el mendigo nos encontramos con el Jesús pobre, debemos ayudarle. Acceso al lugar de alimentación, entonces, solamente lo tenían los que sin culpa propia eran pobres e incapaces de trabajar, es decir, enfermos, ancianos, niños de familias grandes y también estudiantes. Los vagos y a los que no les gustaba trabajar se quedaban sin nada. Zuinglio prohibió los intereses usureros (de hasta 20%) aplicados hasta entonces, pero fue el primero en permitir créditos comerciales de hasta un 5 %. Con el dinero se puede trabajar.

Juan Calvino perteneció a la segunda generación de reformadores. Nacido en 1509, Calvino era 25 años menor que Lutero y Zuinglio. Calvino era del norte de Francia, discípulo de Lutero, humanista, graduado como jurista, el autor más leído del siglo XVI. Calvino era el más débil físicamente, pero en su efecto el más fuerte de todos los reformadores. 4,300 cartas recibidas testifican de sus conexiones europeas. Calvino era considerado como el ecuménico entre los reformadores. Con Melanchthon y algunos teólogos católicos, intentó seriamente vencer la divergencia de la fe.

En Ginebra, Calvino fundó una academia. Este instituto élite fue acudido por cientos, quizás miles de refugiados religiosos que, bajo la protección de la fuerte Berna, fueron enseñados, formados y perfilados por Calvino. El escocés John Knox, como refugiado religioso escapado de las galeras francesas, recibió su formación en Ginebra. Él salió de la ciudad de Calvino con la oración: “¡Señor, dame Escocia, o me muero!”. Escocia fue alcanzada. Un millón de franceses, gran parte de la nobleza y de los intelectuales se abrieron al Calvinismo (hugonotes). De este modo surgió un protestantismo decidido, luchador y perfilado por la Biblia, en Francia, Holanda, Inglaterra, Hungría y también en Suiza. Ginebra fue llamada la Roma protestante. Cuando las fuerzas del luteranismo se debilitaron y la iglesia católica tomó impulso para la Contrarreforma, fue el protestantismo calvinista lo que Dios utilizó para salvar la Reforma.

El entendimiento de Calvino en cuanto a lo que es iglesia fue único en su tiempo, incluso fue un acto pionero. El reformador de Ginebra fue el creador de la separación de poderes. A la autoridad operativa de la iglesia la contrasta con el sínodo como órgano legislativo. La iglesia de Calvino no conoce obispos ni prelados. Es dirigida por cuatro ministerios tomados del Nuevo Testamento: presbíteros, pastores, maestros y diáconos. En el orden eclesiástico de Calvino, al igual que en su doctrina de la fe (Institutio) aparece una frase característica que no es encontrada en ninguna otra parte en todo el siglo XVI: “Nadie tome un ministerio a no ser que haya sido elegido para el mismo por la congregación”. Esta frase fue una semilla temprana para la posterior democracia europea. Más aún: la doctrina eclesiástica de Calvino con su separación de poderes, a través de la intermediación de colonos calvinistas y del presbiteriano inglés John Locke, se convirtió en ejemplo para la constitución americana en el siglo XVIII. En el Calvinismo dormita el poder explosivo que, ya en el siglo XVII, condujo hacia la revolución y la democracia parlamentaria en Inglaterra.

La Reforma de Ginebra recibe un tinte puritano a través de Juan Calvino, tal como ya lo hemos encontrado en Zuinglio. Más aún, pues la vida de fe del mismo reformador de Ginebra tiene ciertos rasgos ascéticos. Él, muy atareado a menudo, estaba tan sumergido en su trabajo que olvidaba comer, lo que no era bueno para su salud. Calvino podría decir literalmente con Pablo: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9:27). De este modo, Calvino vivió en Ginebra y, en gran debilidad, venció a sus fuertes adversarios liberalistas en el gobierno. Quien por eso reprocha a Calvino de legalidad, en realidad no lo ha entendido. Este reformador no solamente enseñó, sino que también vivió la teología evangélica de la cruz. Por esta razón, a pesar de todos los errores que cometió, se le dio un poder y una presencia de ánimo que es difícil encontrar en otros.

En el Calvinismo de los siglos XVI y XVII continuaron fortaleciéndose los rasgos puritanos que había legado Calvino. El calvinista se distanciaba del ajetreo del mundo. Para ellos las diversiones bailables, el carnaval y los juegos mundanos eran un horror. Vivía de manera ahorrativa, humilde y sólida, durante la semana era sumamente trabajador y aplicado para la gloria de Dios, celebraba el día de descanso y cuidaba de su familia.

Está sobreentendido que una forma de vida puritana de este tipo normalmente no lleva al de­sorden y a la pobreza, sino que ocurre lo contrario. Las riquezas no son consideradas como pecado en el calvinismo; ya Abraham era “muy rico en ganado, en plata y en oro” (Gn. 13:2) porque Dios lo bendecía. Zuinglio, y más tarde los calvinistas creían que, para los creyentes, las riquezas honradamente adquiridas deben ser consideradas como una señal personal de haber sido escogidos. La seguridad de ser escogidos, no obstante, es la motivación más fuerte que un ser humano puede recibir. Gracia y ser escogido son el secreto de la historia, dice el filósofo cultural Ernst Troeltsch. Nada menos que Max Weber ya había señalado, cien años atrás, que el estilo de vida puritano es grasa lubricante para un país exitoso con una economía floreciente, es más, que el Calvinismo con su “ascetismo dentro de este mundo” es el verdadero motor para el ascenso del occidente y del capitalismo. De hecho, el rendimiento, la educación y el conocimiento, en el protestantismo calvinista, son vistos como muy positivos, de modo que en regiones calvinistas muy pronto y de manera especial se pudo reunir un capital humano intelectual. En Ginebra mismo, los calvinistas fundaron un centro financiero al igual que industrias de relojes y textiles, como también mantuvieron relaciones cuidadosas con el comercio de materias primas. El profesor de economía de Ginebra, Peter Tschopp, denominó a Calvino como “el padre del centro financiero de Ginebra”. Calvino (al igual que Zuinglio) permitió el préstamo comercial de dinero por un porcentaje máximo del 5%.

Alrededor del año 1500, el bloque de poder monolítico de China pudo ser denominado como el ombligo del mundo. Cuando Europa aún dormitaba en la Edad Media, los chinos en el siglo once inventaron el reloj mecánico, a lo que siguieron la imprenta tipográfica, la pólvora, el papel, la máquina de sembrar, el compás, la carretilla, y aun una cosa tan pequeña, como el cepillo de dientes. En la Edad Media, China poseía una armada altamente apta para la navegación, cuyos buques gigantes en el siglo quince llegaban a las costas orientales de África. Alrededor del año 1500, nadie pensaba en una hegemonía mundial de la pequeña Europa. Y sin embargo, en el siglo XVII, Inglaterra se levantó como el primer poder marítimo del mundo. Mientras China decayó en su autosuficiencia y rigidez, Inglaterra experimentó una revolución (calvinista) y en 1689 se convirtió en la primera democracia parlamentaria. La democracia y la libertad crearon lugar a la propiedad, la investigación, la innovación y la competencia.

En 2014 Niall Ferguson, historiador de fama mundial de Harvard y Oxford, publicó un libro con el título “El Occidente y el Resto del Mundo”. También Ferguson ve en la ética de trabajo calvinista, el sustrato y el motor decisivos para el ascenso democrático, industrial y militar, inesperados, del occidente.
La fortaleza del protestantismo (calvinista) ha hecho posible el rápido ascenso de la pequeña Europa a un lugar predominante del mundo. Cuando Inglaterra y el continente, en el siglo XX, dejaron atrás su cenit, los EE.UU. protestantes (gracias a nuevos avivamientos) llegaron a su total fuerza intelectual. Recién a partir de los años 60, comenzó aquí y allá el descenso eclesiástico; a este descenso le siguió la decadencia cultural y política.

Tres sombras del protestantismo deben señalarse en este punto, en pocas palabras.

1. Con la Reforma, entró una duradera y hasta el día de hoy no sanada división, más aún una fractura, en la cristiandad occidental. Por supuesto que en la cristiandad hubo divisiones eclesiásticas mucho antes de la Reforma. Ya en el siglo once se separaron la iglesia oriental y la occidental, y no fue en paz. Los movimientos de los wyclifitas británicos, de los husitas checos y los valdenses, en la Edad Media tardía, solamente pudieron ser subyugados por medio del poder estatal. Las persecuciones de herejes es un capítulo oscuro, de siglos de antigüedad, en la historia de la iglesia. En cuanto a esto, la Reforma otra vez debe ser considerada como positiva, porque como movimiento de fe individualizador también hizo posible una pluralización de la cultura religiosa, que aun fue fortalecida en el siglo XVIII por el pietismo.

2. Una consecuencia de peso de la Reforma y la Contrarreforma son las incontables guerras religiosas en Europa. De las cuales, la guerra de los treinta años (1618-1648) con toda su desolación, pestes y miseria, fue la peor. En su mayor penuria y la imposibilidad de encontrar salida de la misma, la gente brindó por la salud del diablo. No eran los más impíos, sino a menudo los más inteligentes y alertas, quienes a causa de todo el espanto causado por las guerras religiosas perdieron la fe en la Biblia y el cristianismo. Esto hace que las guerras religiosas sean las fuentes más profundas del surgimiento del escepticismo y ateísmo occidentales. Esto se hizo especialmente tangible en Francia, país que a fines del siglo dieciocho quedó espiritualmente desangrado. Tampoco en esto se le puede echar la culpa solamente a la Reforma; al contrario, es sobre todo el endurecimiento de la era confesional, lo que ha llevado, en ambos lados, a las peores distorsiones.

3. La tercera sombra está conectada con la segunda y afecta mucho más al neo-protestantismo que a la iglesia católica. El humano moderno en Europa sucumbe ante el escepticismo. En lugar de creer en Dios, los europeos prefieren creer cada vez más en sí mismos. De la fe individualizada de Lutero se desarrolla un individualismo secular desenfrenado, es decir, egoísmo. En lugar de confiar en la Biblia, crece como tumor neo-protestante la crítica bíblica metodizada. El europeo (protestante) se eleva por encima de Dios. Con la pérdida de la palabra de Dios mueren las iglesias europeas, el neo-protestantismo pierde su fuerza como sal para la sociedad. Sobre todo desde los años 60 – en Alemania ya antes – comienza a descender todo el poder del occidente (apenas perceptible al principio). El protestantismo está en proceso de destruir sus propios éxitos.

Si hoy mueren en Europa las iglesias, mañana todo el continente será arrastrado a la ruina. Porque Europa se hizo a través de la Biblia, y a la larga no podría sobrevivir a la pérdida de este mensaje.

Ya en 1990, el Papa Juan Pablo II llamó a una nueva evangelización de Europa. ¿No tenía razón? El neo-protestantismo sacudió la cabeza sin comprenderlo. Entre tanto el espíritu de la época ha seguido formando a nuestra juventud según su imagen, dirigiendo nuestros medios, desencadenando una lucha de clases entre hombres y mujeres, negando el nacimiento a millones de niños, quitando los hijos a madres y padres, y dificultando a los adolescentes el encontrar su identidad. Europa – en un tiempo punto dominante del mundo – ahora se ha convertido en un juguete a merced de los poderes; ha traicionado su llamado porque (por el neo-protestantismo) Europa misma fue traicionada. Ha prestado su oído, no a la voz del buen Pastor, sino a ideologías seductoras e ideales culturales alejados de la realidad. Esa es la culpa más profunda del protestantismo – frente a Dios y frente al continente entero.

Por medio de la Reforma, Dios llamó y bendijo más que nada a los pueblos europeos del norte y del oeste, ante todo a Alemania y a Suiza. El por qué a la Reforma, en el siglo dieciséis, no le fueron concedidos una total consagración y auge en la iglesia, la cultura y la política, es un secreto de Dios. Cuando las iglesias evangélicas, del tipo que sean, conmemoran solemnemente los 500 años desde la Reforma, lo hacen con gran agradecimiento; la Reforma nos ha obsequiado la santidad de la Palabra de Dios, el gozo de la seguridad de la salvación y, finalmente, la democracia, la ciencia y el bienestar. Pero también celebramos el aniversario como una señal de arrepentimiento por las luchas religiosas y la actitud fatal de querer saberlo mejor de ambos lados del límite de las confesiones. La arrogancia del neo-protestantismo no solamente ha amenazado con llevar a nuestro continente y al mundo entero repetidamente hasta el borde del abismo; también le ha privado a la Iglesia de su luz a través de la crítica pseudocientífica de la Biblia, luz que la misma necesita para sobrevivir y ser una bendición para el mundo.

Quinientos años de Reforma son un impulso, dentro de las iglesias y más allá de las mismas, a abandonar los caminos gastados del espíritu de la época. Dios le promete a Su Iglesia: “¡Ustedes son la luz del mundo; dejen que su luz brille!”. Por eso, ¡profesemos el evangelio de manera nueva y gozosa! Es el poder de Dios lo que transforma – tanto ayer como hoy.

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