¿Vivimos realmente en el tiempo final?

René Malgo

Es una pregunta justificada. Ya muchos creyentes antes de nosotros estuvieron completamente convencidos de que el Señor regresaría en sus días. Así, por ejemplo, el apóstol Pablo, el padre de la Iglesia Tertuliano, el abad medieval Bernardo de Claraval, el reformador alemán Martín Lutero, el fundador de la Obra Misionera Llamada de Medianoche, Wim Malgo (fallecido en el año 1992) y muchos otros.

¿Estaban equivocados todos estos hermanos en el Señor? No. Al contrario, vivían con la correcta actitud bíblica de esperar a Cristo en cada momento. De esta actitud de espera habla Norbert Lieth en el artículo principal de esta edición. La última oración de la Biblia es: “Amén; sí, ven Señor Jesús”. Y justamente en nuestros días, tenemos más motivos que nunca antes para esperar la pronta llegada de nuestro Señor. Permítase ser animado a esperarlo con renovado anhelo.

No sabemos cuándo exactamente vendrá el Señor, pero el Nuevo Testamento nos da indicaciones al respecto (por ejemplo, en Mateo 24 y 25). Por eso, no está mal observar las señales del tiempo y sacar, sin especular, las conclusiones correctas de ellas. Comparemos, por ejemplo, lo que dice 2 Timoteo 3 sobre el tiempo final con la situación que tenemos hoy en el mundo y en la cristiandad, y constatamos que el final está realmente muy cerca. Es cierto que Pablo, al escribir estas cosas, pensaba en su época y estaba convencido de vivir en el tiempo final. Pero sin duda alguna, los cambios que él describe en 2 Timoteo 3:1-8, los observamos hoy con cada vez más nitidez, mientras se acerca el regreso de Jesús.

En su versión, Lutero pone un título sobre este pasaje, que dice: la decadencia de la piedad en el tiempo final. Este sería también un diagnóstico acertado de nuestro tiempo. En los últimos 50 años, han cambiado totalmente los valores éticos, anteriormente forjados por el cristianismo, en el mundo occidental.

“Antes, todo era mejor”, se escucha decir a los mayores. Por supuesto que es una conclusión errónea. Antes, las personas sin Jesús también estaban perdidas. Sin embargo, en el tiempo pasado, la luz de la Iglesia de Jesús –especialmente desde la Reforma– pudo frenar el avance de algunas aberraciones y perversiones de las tinieblas. Y en cuanto a la moral sexual o respecto al sentido de solidaridad y de responsabilidad, nuestras sociedades realmente están en decadencia. Esto puede verlo hasta un ciego.

Puede ser que, en otras áreas, la sociedad occidental haya cambiado positivamente. No todos los valores cristianos fueron tirados por la borda. El compromiso social, por ejemplo, sigue siendo visto como una virtud. Pero muchos valores han sido pervertidos, y ciertos círculos parecen estar firmemente determinados en sacrificar todo lo que es santo, puro y de buen nombre sobre el altar de la supuesta liberación sexual –sin considerar lo que se pierde.

A pesar de todo el desarrollo negativo, nosotros, como creyentes, no deberíamos desesperarnos ni volvernos amargos o cínicos. Pues El que está en nosotros, sigue siendo mayor que el que está en el mundo (1 Juan 4:4). La “supereminente grandeza de Su poder”, con la que Dios resucitó a Cristo de los muertos, obra por la fe y por el Espíritu Santo en nosotros (Efesios 1:19-23). Es posible hasta que seamos llenos de toda la plenitud de Dios –pues es exactamente lo que Pablo pide para los creyentes en Efesios 3:19. Nuestro Dios Uno y Trino “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Ef. 3:20). Y esto significa: mientras vivamos en el tiempo de la gracia y nuestro fiel Señor no haya regresado, podemos ser luces en este mundo y obrar lo bueno. No luchamos contra molinos, sino que trabajamos para el Señor de señores y Rey de reyes. Jesús es más grande, y Él está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20). No queremos olvidar esto, precisamente en este tiempo final, sino que siempre lo tengamos presente. Nuestro trabajo no es en vano en el Señor (1 Corintios 15:58).

¡Maranata, ven pronto, Señor Jesús!

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